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Mostrando las entradas de enero, 2006

Chandler

Carta a Bernice Baumgarten,
14 de mayo de 1952.


Le estoy enviando hoy, probablemente por expreso aéreo, un borrador de una novela que he titulado El largo adiós. Tiene noventa y dos mil palabras. Me agradaría recibir sus comentarios y objeciones y todo lo demás. Yo no la he leído siquiera, salvo para hacer unas pocas correcciones y controlar algunos detalles por los que me preguntó mi secretaria. Así que no le envío ninguna opinión sobre el opus. Quizás usted lo encuentre lento.

Chandler.

En "El simple arte de escribir", Emece, 2002.

Cuchilla

Sueño con trenes, le dice Laurenzano a Gómez. Sueño con trenes que descarrilan.
Y Gómez lo mira, mientras afila la cuchilla. Gómez lo mira como se mira a un muerto.

Lombrices

Gómez me dijo: Haga el pozo, usted.

Hundí la pala de punta en la gramilla.

La tierra seca, se desgranaba.

Trabajé hasta que Gómez dijo: Suficiente.

Mientras metíamos el cuerpo de Laurenzano, un olor a tierra húmeda, profunda, me capturó. Era ese olor que se siente cuando uno busca lombrices a la madrugada, para pescar.

Después enterré el cuerpo de Laurenzano. Le tiraba paladas de tierra encima. Enterraba un cuerpo, pero desterraba un recuerdo: el olor húmedo de las lombrices.

Lindo día para ir a pescar, dije mientras volvíamos en la camioneta.

Sí, dijo Gómez.

El ritmo

Se aplasta. Se aplana. Se modula, primero en la voz. Hay una voz. ¿Hay una voz? Se muerde, en la garganta. Se coagula, como un grito macerado. Se almacena. Y brota - inesperado - en los dedos. Como la humedad. Pero de flores. Inesperado alivio. Hay un ritmo que no puedo parar. Crece desde la punta de los dedos. Sucede. Inesperado. Se aplana en el papel. Se derrama, para desmoldarse, levemente, erguidamente. Aunque inesperado. Renueva al sol. ¿Hay una voz? Hay un ritmo, que no puedo parar. En las manos. Sucede. Como la respiración de un pájaro.

Moquehuá, viernes 13. 11:43 A.M
Dicen que el camino se torciona justo antes de curvase, como si fuera ese leve momento, ese exaltar de la cadera, la caricia sobre el lomo inclinado del gato; una mano sobresaliendo del agua, y las burbujas, como planetas desalineados, irrumpiendo, uno tras otro, rodeando a la mano, haciendola sentir un sol seco. Incluso, ahí, antes de padecer la insolación, los gatos saben secarse a la sombra.
Me desnudo en la entrada del horno. Hay un cuadro torcido, y hay olor a lavandina, que llega en ráfagas. Escribo, pienso, antes de entrar desnudo, como si no me diera cuenta que escribo, asi desnudo, en las puertas del horno. Y atrás la noche, me digo como sin darme cuenta, alumbra un campo, tenue, seco, desalmado, con una bruma sobrevolando las chimeneas de los hornos, como si fuera, la bruma, la instancia precisa de la belleza; ese instante, similar, al de los caminos, cuando, dicen, se torcionan justo antes de curvarse.
Entro.
Chivilcoy, 12 de enero de 2006. 11:04 pm.