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Mostrando las entradas de abril, 2007

En viaje

Un viaje inesperado. Pienso, por ejemplo, que ayer a esta hora viajaba amontonado en el Subte. Y ahora estoy acá, en un rincón de una estación de servicio, a cinco kilómetros de San Pedro. Es la primera vez en mi vida que estoy, pongamos, a cinco kilómetros de San Pedro. Y en esta estación de servicio, semiabandonada, que me hace acordar a algun cuento de Soriano. Es así. Pero hay internet. Mientras le cambian la rueda al micro, allá, abajo de unos árboles, y mientras el sol se va desgastando, y el aire del río nos vuelve indefensos y frágiles; mientras sucede lo impensado (que ese micro pinche una rueda), entonces, yo escribo, a cinco kilómetros de San Pedro, esta frase: caminar, sereno, entre la frondosa humanidad, sin dejar de ser, sin quedar atrapado en la gigante sombra.

El más infeliz de los recién llegados

En cuanto he llegado a Nathal, me pregunto qué se me ha perdido en Nathal, en cuanto he llegado a Viena, me pregunto qué se me ha perdido en Viena. Como el noventa por ciento de los hombres, en el fondo quiero estar siempre donde no estoy, allá de donde acabo de huir. Esa fatalidad ha empeorado en los últimos años en lugar de mejorar, y con intervalos cada vez más cortos voy a Viena y vuelvo otra vez a Nathal y desde Nathal a alguna gran ciudad, a Venecia o a Roma, y otra vez de vuelta, a Praga y otra vez de vuelta. Y la verdad es que sólo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz, sólo en el auto y en el viaje soy feliz, soy el más infeliz de los recién llegados que puede imaginarse, llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Soy de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que va.


Thomas Bernhard
El sobrino de Wittgenstein