Ir al contenido principal

Un libro que se puede cantar



Un libro es lo desconocido, es la noche, dice Marguerite Duras, en Escribir. ¿Y qué es Escribir? Esa pregunta encierra dos respuestas. La doble respuesta uno la encuentra leyendo este hermoso ensayo autobiográfico compuesto por cinco textos de la escritora nacida en Indochina en 1904 y que falleció en 1996.
En el primero, Escribir, la autora repasa su experiencia con la escritura, repasa los libros que ha escrito, entre otros El amante (novela que luego se llevó al cine de la mano de Jean-Jacques Annaud) y El vicecónsul, por ejemplo. Desde su casa, nos cuenta la experiencia de vida, digamos así, el arriesgado viaje que supone la escritura: todo ese proceso incierto. Un escritor, dice, es algo extraño, es una contradicción, y también un sinsentido. Escribir, dice, es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.
La muerte del joven aviador inglés es el segundo texto que compone el libro. El libro está dedicado, justamente, a la memoria de W. J. Cliffe, el aviador muerto en Vauville. El último día de la guerra, el niño, como lo llama Duras, ese chico aventurero quiso responder con su avión a los ataques nazis, y allí quedó, entre las ramas en el bosque de Vauville. Esa noche todo el pueblo marchó con antorchas para enterrarlo, debajo de una placa de granito negro. Duras resalta, obsesivamente, a lo largo del relato, esa escena: lo que hay debajo de la placa de granito negro. Era el último día de la guerra.
A pesar de esta obsesión de Duras por la muerte, este es un libro que se puede cantar. Hay música en el lenguaje. Está escrito con un fraseo corto. Los sonidos salen, guturales, entre los pliegues de las frases. Frases cortas. Que resplandecen en su pronunciación. Marguerite Duras nos abastece de sonidos: la boca queda saciada. Hay una respiración erótica en el desplazamiento de la palabra. La respiración del texto de Duras, se parece a un jadeo. Que una mujer escriba es, de por sí, algo atractivo, pero si esa mujer es Marguerite Duras, entonces, estamos hablando de un placer que pocas veces se encuentra en la literatura.

Comentarios

Cometa de Boedo dijo…
Dado que soy el único comentarista de este blog y no recibo devolución de tu parte, hago huelga de opinión sobre este post.

Entradas más populares de este blog

Nuevo libro

Dos reseñas de Notas de campo:

Revista Ñ: 
https://www.revistaenie.clarin.com/revista-n/literatura/profesores-violin-chivilcoy_0_SyJr0Czae.html

Revista Los Inrocks:
http://www.losinrocks.com/musica/hernan-ronsino-ensayo-notas-de-campo

La descomposición según Sarlo.

Afinidades electivas, Por Beatriz Sarlo, en Ficciones argentinas, Mar Dulce Editora.
El narrador fue testigo casi involuntario de la muerte violenta de su mujer a quien encontró, bajo la ducha, con su hijo. Ocultó esa muerte, dijo que ella lo había abandonado y enterró el cadáver en la quinta donde vivían. Este episodio, que rearticula todo, no tiene una anticipación en las 128 páginas anteriores. La mujer, violada o amante (incestuosa), ha muerto cuando empieza La descomposición pero no se dice nada hasta esas páginas finales, excepto un indicio, al comienzo: “Ya es tiempo de levantar este luto”. Sería fácil señalar que Hernán Ronsino eligió un narrador que calla la escena crucial porque busca tensar el suspenso; o que ese narrador, dispuesto a levantar el luto, no recuerda la muerte hasta el final de la novela. Sin una anticipación fuerte, la idea de suspenso queda descartada, porque el lector no espera lo que nada le indica que va a suceder, ni desea saber más sobre un hecho que i…

Taller de lectura