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La panadera

La señora que atiende la panadería en la esquina de mi casa, en el barrio de Villa Crespo, viaja, todos los días, salvo un franco que tiene por semana, desde Ezpeleta. Ezpeleta queda en la provincia, yendo para La Plata. Sale a las cinco y media de la mañana. Toma un colectivo que la deja en la estación de Ezpeleta. Después viaja en tren. En la línea Roca, con lo que eso significa: demoras, suspensión de los servicios, inseguridad. Llega a Constitución. Toma un subte, combina con la línea B. Y, después de casi hora y veinte de viaje, si las combinaciones se dan a tiempo, llega a la panadería donde despacha el pan.
La señora que atiende la panadería en la esquina de mi casa está casada con un hombre que trabaja en una municipalidad del conurbano. Tienen tres hijos. La hija mayor cuida a los hermanitos y los lleva a la escuela cuando los padres se van a trabajar. La hija mayor abandonó el polimodal porque había quedado embarazada. Pero después el embarazo lo perdió. Y a la escuela no volvió más. Tampoco trabaja.
La señora que atiende la panadería en la esquina de mi casa trabaja hasta las ocho de la noche. Hora en la que regresa a su casa de Ezpeleta. Eso quiere decir que recorre el camino inverso: toma el subte, combina en 9 de Julio. Llega a Constitución, si tiene suerte agarra el tren de “y 35”. En Ezpeleta espera el colectivo. Y cerca de las diez está, otra vez, en su casa. Para preparar la cena.
La señora que atiende la panadería lee libros en el viaje. Me dice que le encanta leer. Que le hubiera gustado haber podido estudiar una carrera. Se le iluminan los ojos cuando me habla de ese sueño quebrado, incrustado en el corazón: la señora que atiende la panadería ayer a la tarde se puso a llorar cuando me contaba que ese sueño que tiene incrustado en el corazón, su hija tampoco lo puede hacer realidad. “Está perdida”, me dice.
La señora que atiende la panadería cobra 900 pesos por mes. Está en negro. Gasta en traslados cerca de 200 pesos. Con el sueldo del marido, apenas, llegan a los 2000 pesos. Casi la mitad de esos 2000 pesos se van en el alquiler de casita de Ezpeleta. Ella nunca, me dice, se queja. Para qué, me dice, lo único que ganás es hacerte mala sangre.
La historia de la señora que atiende la panadería en la esquina de mi casa se parece a la mayoría de las historias de las personas que viajan, en hora pico, por Buenos Aires, como si fueran una masa informe, anónima. Así viajan. Pero esa masa tiene nombres y apellidos, esa masa tiene una historia y un sufrimiento.
Será mejor que en Argentina, de una vez por todas, las cosas dejen de estar patas para arriba: los que tienen rentas extraordinarias paralizan un país durante más de cien días. Será mejor que, de una vez por todas, los que tienen la panza y los bolsillos llenos (políticos y patrones) comiencen a entender esto.Para dejar de vivir en un país obsceno: atravesado por la injusticia y la inmoralidad.

Comentarios

Cometa de Boedo dijo…
Me hizo acordar a esta anécdota de Fabián Casas. Disculpe la recurrencia a este autor. Es sólo casualidad. Para darle una vuelta de rosca. A mí me resulta obscena la palabra inmoralidad. En el diario La Nación estaría mejor que en su blog. Por el resto, ahí vamos, mirando con el mismo lente. Gracias. Abrazo

"Yo… una vez se me rompió una bota. Salí a la calle a buscar un zapatero. Dije: -No hay ningún zapatero acá. Y encontré a dos cuadras un zapatero. Increíble. Entré. El lugar era increíble: era un tipo viejo que… en la zapatería tenía una estufa prendida, ¿viste como ideal? Entrás, el tipo en la estufa tenía como una cosa de laurel, había un olor increíble, el lugar era increíble. El tipo me dijo: -Yo trabajo hace veinte años acá. Me dice: -Conozco a los… Yo dije: -¿Qué?, se vino recién, no lo había visto nunca. Entonces, ¿sabés lo que me di cuenta? Que el tipo era invisible, que tenía el don de la invisibilidad. Que incluía lo que yo te digo de lo que me gusta de los escritores: hasta que yo no lo necesité, el tipo no apareció, nunca me salió a buscar. Cuando yo lo necesité, apareció. El tipo lo único que hace, hace un montón de años, es su trabajo, que es hacer zapatos. Los hace geniales, te lo arregla re bien, ¿que más querés? Ya está. Eso me pareció genial.
Yo dije: - Bueno, evidentemente la invisibilidad es un don. Hay gente que está todo el tiempo tratando de ser visible. Pero la invisibilidad es como un don. Y en ese sentido, yo sentí, dije: - Me gustaría ser escritor como el tipo este es zapatero. O sea, hacer mi trabajo, vivir en un lugar, cuando alguien me necesita me encuentra, cuando no me necesita no me encuentra. Y ya está."
http://www.buenosaires.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/casas_texto_es.php

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