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Notas de campo: Quinta entrega

La escritura de Alfredo Gómez Morel se funda sobre una vida negada y perseguida. Gómez Morel tiene algo de “El Niño Proletario” de Lamborghini pero, a diferencia de Stroppani, hará sonar, de a poco, su propia voz. Es el desplazado que cuenta.
Gómez Morel escribe desde la cárcel de Valparaíso su libro más famoso, El Río, publicado en 1962. La solapa, esa forma de reproducir mitos, dice que estuvo preso más de doscientas veces y que fue custodio de Perón en la década del setenta, un dato, por otro lado, incomprobable. Luego de El Ríoescribió La Ciudad y El Mundo componiendo una trilogía autobiográfica.
El río es el Mapocho. Ese hilo de agua, oscuro, que baja de las montañas y atraviesa a Santiago de Chile. Pero el Río, así, con mayúsculas es también un espacio de contención para los pelusas que, poco a poco, irán filtrándose en el mundo de la delincuencia. Gómez Morel en El Ríocuenta, entonces, su vida. La vida de un chico que fue despreciado y golpeado por una madre prostituta; internado en un colegio de curas y abusado por los curas; y que elige huir de toda esa violencia para vivir a orillas del Mapocho.
El Río se inscribe dentro de un realismo anacrónico para los años sesenta, un realismo que responde más bien a la estética de los años de infancia de Gómez Morel, es decir, la década del veinte y del treinta. Años en los que el hecho de ser delincuente o “lanza” implicaba una ética semejante al modo de ser de los malandrines que describe muy bien González Tuñón en sus poemas. La escena final de El Rio, el encuentro con el nazi y lo que piensa Gómez Morel es un buen reflejo de esa ética. Eso es, precisamente, lo que distancia el mundo de “El Niño Proletario” del modo en que se narra la marginalidad en El Río. La escritura clara, inocente, por momentos folletinesca de Gómez Morel, nostálgica, contrasta bien fuerte con esa lengua sucia de Lamborghini. Pero lo que tiene Gómez Morel de Stroppani es lo vivido. La humillación entre los humillados y la violencia de los poderosos. Todo eso recae sobre el cuerpo del niño Gómez Morel. Y es en ese cuerpo donde acecha la sombra de una madre desmadrada que lo arrasada con todo.
La única alternativa de salir de ese desamparo brutal – posibilidad que “El Niño Proletario” jamás tuvo – será a través del Río. Aquí no hay masa de trabajadores unidos que puedan redimir a los explotados. Se trata del mundo del hampa – y esa ética – la que le dará una pertenencia, una conciencia grupal. “El Río sabe cuándo uno de los suyos está en peligro y acude sin que lo llamen ni le avisen. Se trata de luchar contra la Ciudad”.
Gómez Morel piensa, de este modo, a la literatura no como un modo de reconversión, es decir, de salvación: escribir en la cárcel para corregirse; sino más bien como una manera de perfeccionar su oficio de delincuente (El Mundo, el siguiente libro, es la muestra más contundente de eso). La escritura de Gómez Morel nace por fuera del imaginario burgués y seguirá así, en las orillas. Es decir, Gómez Morel escribe – y piensa a la escritura – como una forma de torcer el mundo.

El Río, Alfredo Gómez Morel. Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2014.

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