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Firicial

Hernán Ronsino.

“¿Qué es esto que veo? ¿Qué dibujo se dibuja delante del dibujo de mis ojos?”. Hay una voz desfasada. Una voz que habla desde las grietas de una Casa. Y habla dejando fluir una tensión de signos y exclamaciones. Habla con un ritmo, con el deseo voraz de alcanzar un ritmo. Un sonido atravesado por la conflictividad que constituye una lengua. La lengua creada en Firicial, la casa libro (GEL, 2011), la nueva novela de Elías Suárez, se teje sobre una tensión, sobre una búsqueda. Una Casa montada sobre cimientos que se revisan una y otra vez. Se trata de una sensibilidad en estado de desgarramiento. No importan los argumentos lineales, cartesianos. Aquí importa percibir, a partir de fragmentos, el mundo, la ruralidad de la Casa, con otro registro. Con un sonido propio: el viento, el ladrido de los perros, el tren. Elías Suárez convoca, así, de un modo inusual para los escritores jóvenes contemporáneos, a una profunda introspección del lector. Un lector que debe sumergirse en la profundidad de una lengua en crisis. Firicial, la casa libro funciona como un espejo que nos refleja, en definitiva, para indagarnos. Para indagar una forma de lector. Para indagar una forma de escritura. ¿En qué se convierte la literatura cuando olvida la tensión que está en sus orígenes, cuando olvida la complejidad que la funda? Esta pregunta atraviesa el texto y, a su vez, se convierte en su desafío. La novela propone, entonces, una aventura. La de bucear en el torbellino de una Casa; en el enigma de su historia; en los espectros que la constituyen y la rondan con palabras; en su memoria. Entrelazado con el efecto macedoniano y la interrogación por la forma gombrociana (“¿por qué caminos se llega a estos torcidos y anormales caminos?” se pregunta Gombrowicz en el epígrafe), el libro, con un ritmo vertiginoso y fluido, con un sonido propio, produce un efecto semejante – como dice Daniel Muchiut – al de recibir una trompada justa y final en el medio de la cara, en una noche helada. Ahí está su efecto político. Respirando, silencioso, como un animal desesperado, a punto de atacar y ser atacado, rodeando la Casa, atravesándola en la profundidad de la noche. Así, al acecho, queda el lector en la compleja selva del lenguaje que propone Suárez.

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