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Saer

“Una novela lograda existe no como suma de ideas o de tesis, sino a la manera de una cosa sensible, y de una cosa en movimiento que se trata de percibir en su desarrollo temporal, a cuyo ritmo hay que adaptarse y que deja en el recuerdo no un conjunto de ideas, sino más bien el emblema y el monograma de esas ideas”.

Esto lo dice Blanchot. Si hay una obra que puede responder con contundencia a esa definición de Blanchot, ésa es la obra de Juan José Saer. La obra de Saer puede ser pensada, entonces, como una cosa sensible, en movimiento. Que deja huellas, marcas que perduran suspendidas en la memoria del lector.

Hay dos momentos que atraviesan esa definicion de Blanchot. Dos momentos que, a su vez, son los dos grandes efectos que produce la obra de Saer. Es decir, el monograma saeriano: la exploración perceptiva del mundo y su relación con lo político.

Como plantea en sus diálogos con Piglia, Saer persigue construir un universo narrativo que suceda como un poema, y ese suceder que lo atraviesa todo, ritmo, fraseo desaparramado en la página, se parece a un río. Hay, como en el universo de Juan L., un río que lo atraviesa todo. Por eso la obra de Saer tiene lo que plantea Blanchot, es decir, se trata de una cosa sensible, en movimiento, como un río, o un poema, a cuyo ritmo temporal hay que adaptarse. Se trata, en definitiva, de un pulso narrativo que tiene su propia respiración. Su propia manera de percibir el mundo. [Seguir leyendo]

La percepción y la política: una lectura que contrasta Responso de Saer con La Ribera de Wernicke. Texto leído el 28 de junio de 2011 en “Lo Imborrable: Jornadas sobre Saer” en la Biblioteca Nacional.

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