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El enigma

Porque hay un enigma. Dicen.

Por ejemplo. Tengo treinta y cuatro posibilidades y un durazno mordido. Las posibilidades me conducen, y, en última instancia, se supone terminan hablando de mí. El dulce, lento, que se empieza a desparramar por los bordes que mis dientes dejaron al morderlo, no. Ni el dulce, ni el durazno, creo, hablan de mí. En cambio, si tomo, supongamos, alguna de las treinta cuatro posibilidades, y no hago caso al dulce, lento, que ahora inunda el resto del durazno, tendré, pienso, la suficiente claridad y sabiduría como para resolver el enigma.

Detrás de la cáscara, del dulce, lento, que se desliza; detrás del durazno propiamente dicho, carnoso; incluso, detrás del carozo cobijado en el seno del fruto – como dice Holderlin, protegido por el silencio del fruto -; hay un supuesto enigma, que más bien es un centro, ajeno, ( un carozo ajeno), que confunde y distrae, pero que no habla de mí. Si tomo, lo repito, cualquiera de las treinta y cuatro posibilidades, estaré, quiero suponer, cada vez más cerca de la resolución. Pero el durazno, no. Según se dice. Porque me habla de afuera. Del afuera.

Bruscamente, es ahora cuando comienzo a sentir el arrebato del olor dulce. Irresistible. Y caigo, de este modo, en la tentación. Y vuelvo a morderlo, a sentirlo, a olerlo. Lo transformo. Lo rompo con mis dientes. Lo mastico. Lo envuelvo con saliva. Lo trago. Y así caen, triturados, otra vez, los pedazos adentro mío. Por consiguiente, el durazno se va convirtiendo, de un modo gradual, y casi sin darme cuenta, en parte del enigma. Más bien lo voy perdiendo.

Ahora me quedan las treinta y cuatro posibilidades (intactas) y el durazno (dos veces) mordido. Por ejemplo. Porque hay un enigma. Dicen. Y dicen que ese enigma – y no el durazno (dos veces) mordido - habla de mí.

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