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El reloj

Hernán Ronsino.

El relojero dice: “ya está, arreglado”. El viejo se lleva el reloj a la oreja, y después de escuchar un rato dice: “no, no”. Le pasa el reloj, otra vez, al relojero que se pone el reloj en la oreja y confirma, entonces, que sí, que el reloj funciona. El relojero, un poco más alterado, le coloca el reloj al viejo en la oreja derecha. “No, no, murmura, el viejo, en ésa no”, y se coloca, él, el reloj en la oreja izquierda. Escucha, escuchamos todos a esta altura, esperamos la confirmación. El relojero se ha puesto tenso, controla cada movimiento del viejo, espera el “sí, perfecto”, pero la cara del viejo vuelve a poner difíciles las cosas. El viejo dice que no, que no escucha ningún ruidito, que antes se escuchaba bien claro el tic tac, pero ahora no. El relojero menos diplomático vuelve a probar, confirma, dice: señor (dice “señor”, el relojero, impaciente): "escuche, por favor, anda, el reloj anda”. Una vez más, el viejo comprueba, poniéndose el reloj en la oreja izquierda, como si fuera una radio, y basta tan sólo con ese movimiento insatisfecho de cabeza para que, bruscamente, el relojero me mire, diga: “joven, usted que escucha bien, vea”. Me estira el reloj. Es un despertador que tiene setenta años, enchapado en oro, y que se pliega. Me pongo el reloj en la oreja, y los miro a los dos: el relojero espera, molesto, el viejo me mira desconfiado. Escucho un suave tic tac, que crece, lento, que encierra un mundo secreto: el corazón de la siesta, pienso, el refugio de los silencios. Entonces digo: “Anda”. Y el viejo guarda el reloj en el bolsillo del sobretodo. Y sale.

Comentarios

Susana dijo…
me di un paseíto por tus palabras, y quedé impregnada de ellas como, siempre usted llega a mi espíritu. Me encanta como jugas con ellas.

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