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Encuentro en K


Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana.


Almada y Olguín deciden encontrarse a las once de la mañana en el bar K.
Almada viaja desde Temperley hasta Constitución, toma el subte C y sabe que antes de llegar a Retiro deberá bajarse en alguna de las estaciones intermedias y combinar con la línea B, para poder estar – después de descender en la estación Florida y de caminar una cuadra, hasta Lavalle – en K., a las once, donde, calcula, lo estará esperando Olguín, que siempre llega antes.
Olguín viene de Olivos. Toma el tren hasta Retiro. Y después, igual que Almada pero en el otro extremo, entra al subte C, y sabe muy bien – porque ese viaje lo hace todos los días – en qué estación deberá combinar para poder tomar la línea B y bajar, así, en la estación Florida, caminar una cuadra, hasta Lavalle, entrar en K., repasar con la mirada el rostro de los parroquianos, elegir una mesa y esperar (mientras, seguro, leerá un libro) porque Olguín siempre llega antes.
Pero sucede que Almada, que viene de Temperley, y que en Constitución tomó la línea C, al entrar en el subterráneo se desorienta por completo (Almada tiene la impresión de estar circulando por una ciudad extraña), por eso antes de llegar a la combinación consulta con un hombre de cara cansada, que le dice: "baje en tal estación, suba una escalera, camine así, doble en tal lugar, baje esta escalera, y llegará, por fin, a la línea B". Almada mientras desciende en la estación referida, recuerda la sonrisa del hombre que lo orientó, recuerda los dientes desparejos y montados, una sonrisa sucia, piensa.
Al mismo tiempo, Olguín, que viene de Olivos, y que tomó el subte C en Retiro, baja en la misma estación referida, en el andén de enfrente, y se mueve con la seguridad que le da la repetición de las cosas.
De este modo, Almada y Olguín se cruzan en uno de los tantos pasillos de la combinación. Almada cree verlo a Olguín (si lo tuviera que describir, diría que lo ve pasar apurado, mirando el piso), pero el paso acelerado de la muchedumbre, sumado a su inseguridad y al hecho de quedarse pensando en Olguín, lo arrastran, irremediablemente, a la línea D. Recién pasando la estación Palermo, Almada comienza a sentir en el cuerpo la confirmación de estar completamente perdido.
Mientras tanto, Olguín, después de bajar en Florida y de caminar hasta Lavalle, entra en K., recorre con la mirada el rostro de los parroquianos y elige una mesa pegada al ventanal. El reloj de la columna marca las once menos cinco. Entonces Olguín, como suponía, tiene que esperar, porque siempre llega antes. Abre un libro de Kafka y se pone a leer un relato llamado Una confusión cotidiana. Después de un tiempo de espera y al ver que Almada no aparece, Olguín, sin dudarlo (igual que el señor B, piensa), también decide, furioso, marcharse para siempre.
Hernán Ronsino.

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