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Miedo (para chicos)


Hay personas que le tienen miedo a la oscuridad. Otras a la altura. O a las arañas. Incluso hay personas que le tienen miedo a las pelusas. Juanjo le tenía miedo a las bicicletas.

La primera bicicleta que le regalaron tenía rueditas. Se la trajo un tío que vivía en el campo. El tío Braulio, que usaba pantalones anchos y fumaba pipa. Cada vez que Juanjo le daba un beso al tío Braulio, le quedaba en la nariz un olor profundo, el olor del tabaco.

Juanjo andaba tranquilo en esa bicicleta. Las rueditas le daban seguridad. Pero a medida que crecía, se iba haciendo cada vez más pesado y las rueditas se arqueaban. Entonces andaba de costado: un rato sostenido por una rueda ( la otra rueda iba en el aire), y después otro rato sostenido por la rueda que había estado en el aire, quedando la primera girando sola.

Cuando cumplió siete años, el tío Braulio lo llevó al campo y le quiso enseñar a andar en una bicicleta de grandes. Juanjo no quería saber nada. Pero el tío Braulio, que tenía una voz dura y terminante, le dijo que ya era un grandulón para andar con rueditas.

Fueron hasta un galpón que tenía fardos de pasto hasta el techo. Ahí estaban las bicicletas. Y había también una camioneta 0 km que el tío Braulio se acababa de comprar. Una Chevrolet, 4 x4, roja. Que brillaba como una estrella. El tío Braulio le mostró la camioneta, feliz. Juanjo se subió. Respiró, adentro, el olorcito a nuevo. Y cuando bajó, se peinaba mirándose en el reflejo de la puerta como si fuera un espejo.

Antes de hacerlo subir a la bicicleta, el tío Braulio le dio dos o tres consejos. Por ejemplo: que mirara siempre para adelante, que no vaya tenso, que se relajara. Juanjo estaba muerto de miedo, le transpiraban las manos. La bicicleta le parecía tan grande, tan inmensa, que al subir pensaba que estaba subiendo arriba de un camello. Ya estaba listo: sentado en el asiento, con los pies en los pedales y los brazos aferrados al manubrio. El tío Braulio lo tenía agarrado del asiento. Le dijo: listo, preparado, ya. Lo soltó. Juanjo trató de pedalear. La bicicleta, con Juanjo arriba, comenzó a flamear como una bandera. Hasta que cayó contra uno de los costados de la camioneta nueva. Y con la punta del freno, le hizo una raya larga, irregular, a la pintura roja, brillante.

Una vez vio cómo el pie de un chico de su barrio se metía entre los rayos de la rueda trasera de la bicicleta del padre. El padre lo llevaba a la escuela. El chico iba sentado en el portaequipaje, con la mochila puesta y las piernas colgadas. Juanjo, siempre cuenta, que los rayos parecían como que le hubieran chuparon el pie, al chico. La bicicleta se frenó. Juanjo, que iba a comprar el pan, escuchó el grito desgarrador del chico. Se impresionó tanto, que salió corriendo y se escondió debajo de la cama. Esa noche empezó con los sueños.

Soñaba con bicicletas antiguas, como las que tienen la rueda delantera gigante y la de atrás parecida a la de un triciclo. Juanjo, atrapado en la rueda gigante, corriendo como un ratoncito de laboratorio. Corría con todas sus fuerzas, desesperado, pero sin que se le presentara ninguna luz, o un cartel que le dijera: “Aquí llegada”. Por eso, al otro día, se despertaba siempre agitado, molesto.

A los doce años, Juanjo era el único chico de su barrio que no sabía andar en bicicleta. Se sentía mal. Ya no se animaba a salir a la vereda con la bicicleta que le había regalado el tío Braulio, porque lo cargaban. Sus amigos andaban con bicicletas todo terreno, o de carrera, y él tenía la bicicleta con rueditas que a veces usaba en el patio de la casa, donde nadie lo veía. Y cuando tomaba la decisión de aprender a andar, volvía a tener ese sueño cada vez más feo, cada vez más parecido a una pesadilla.

A los trece consiguió un trabajo en el kiosco de don Raúl, un gallego malhumorado, que necesitaba un canillita. Tenía que repartir diarios en el barrio. El primer día había una tormenta muy fuerte. Juanjo tenía que presentarse a las siete de la mañana en el kiosco. Cuando llegó, parecía un pollito mojado. Don Raúl lo miró, le dio una capucha amarilla, una lista con las direcciones de los clientes y le dijo: “ ahí está la bicicleta, pibe”. Parecía un tractor, en lugar de una bicicleta. Era una bicicleta de reparto, con un canasto adelante. Como las que usan los heladeros, pensó Juanjo y sintió pánico. “Vamos, muevasé”, empezó a gritar Don Raúl. Juanjo se puso la capucha amarilla, se guardó la lista con las direcciones y montó la bicicleta. La sintió pesadísima. El canasto, lleno de diarios y revistas, estaba cubierto con un nailon. “Primero dejelé el diario al doctor Crespi”, gritó Don Raúl, desde el kiosco. Un trueno, retumbó en el aire. Y después, la lluvia empezó a caer con más fuerza. “Vamos, apuresé”, insistió Don Raúl. Juanjo se aferró al manubrio. Entrecerró los ojos para hacer fuerza. Y salió. El ruido que hizo al caer sobre el asfalto, fue parecido al de un trueno. Los diarios desparramados se mojaron todos. Juanjo, cuando lo vio venir a Don Raúl gritando como un loco, salió corriendo y se escondió en la farmacia de la esquina.

Lucía era la hija de la farmacéutica. Lucía vio la caída. Vio, también, cómo Don Raúl lo empezó a correr como un loco. Juanjo estaba empapado y temblaba como una hoja. De frío y de miedo y de bronca. Lucía lo hizo pasar al laboratorio. Lucía tenía doce, y era blanca como la luna. Lo hizo sentar y le envolvió la cabeza con una toalla y le secó el pelo. Antes de quitarle la toalla, Lucía le dio un beso en la cabeza. Los pelos de Juanjo quedaron revueltos como un mar. Lucía le dijo que parecía un barquito de papel todo mojado. Y se puso a reír con pocitos en los cachetes. Juanjo sintió que la alegría jugaba al subibaja en su panza.


Entonces al otro día fueron a tomar un helado. Ella pidió uno de crema del cielo. Vamos a decir la verdad, pero antes de que Lucía dijera crema del cielo Juanjo pensó: “ella va a pedir crema del cielo”. Entonces cuando lo dijo, cuando le dijo al heladero, “déme uno todo de crema del cielo”, Juanjo sonrió, los ojos se le encendieron. Después caminaron por el parque, se subieron a un árbol muy viejo. Y en ese árbol, arriba, ella lo invitó para que al otro día, en la costanera, dieran un paseo en bicicleta. Juanjo, al escuchar la invitación, se resbaló del árbol viejo y casi se cayó. Pero le dijo que sí. Que a las tres de la tarde se juntaban en la costanera.

Esa noche volvió a tener la pesadilla. Esta vez Juanjo corría adentro de la rueda gigante y un ratón lo perseguía detrás. Era espantoso. Juanjo corría desesperado.

Cuando despertó estaba todo transpirado y nervioso. Después de comer le pidió la bicicleta al padre. Y se fue a la costanera, llevándola de tiro. Al llegar la vio a Lucía, blanca como la luna, comiendo pochoclos y atrás el río, marrón, inmenso como un mar.
- Hola, dijo Juanjo.
- Hola, contestó Lucía. ¿Querés?
Y comieron pochoclos con gusto a frutilla, sentados en los pilares de la costanera. El viento del río los despeinaba. Ella le dio un pochoclo en la boca. Juanjo la miró a los ojos, verdes como una hoja de lechuga, y se animó a darle un beso. Un beso con gusto a pochoclo de frutilla.
- Démos una vuelta en bici, dijo ella, con los cachetes colorados.
Entonces Juanjo no pensó. Se subió a la bicicleta del padre, tan pesada como la del tío Braulio, o como la de Don Raúl, y se lanzó pedaleando por la vereda de la costanera, a la par de Lucía, tan blanca como la luna, recortada por el río que parecía un mar. Pedaleo, como sin darse cuenta. Pensando en el beso. Las piernas sueltas. El cuerpo, equilibrado. Pedaleo, como sin darse cuenta, casi una cuadra. Hasta que se le cruzó un perro. Y Juanjo quedó desparramado en el suelo, como un huevo frito. Pero feliz.
Por Hernán Ronsino.

Comentarios

Anónimo dijo…
Lei este cuento muchas veces. Y me sensibiliza cada vez. Quizas porque me identifico con el clima de la historia (tan lejano y a la vez tan impregnado del pueblo de tus novelas). Gracias por permitirme compartirlo con los chicos del taller y los lectores de la liebre, que tiene mucho de vos!

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