24.4.14

La descomposición según Sarlo.

Afinidades electivas,
Por Beatriz Sarlo,
en Ficciones argentinas, Mar Dulce Editora.

El narrador fue testigo casi involuntario de la muerte violenta de su mujer a quien encontró, bajo la ducha, con su hijo. Ocultó esa muerte, dijo que ella lo había abandonado y enterró el cadáver en la quinta donde vivían. Este episodio, que rearticula todo, no tiene una anticipación en las 128 páginas anteriores. La mujer, violada o amante (incestuosa), ha muerto cuando empieza La descomposición pero no se dice nada hasta esas páginas finales, excepto un indicio, al comienzo: “Ya es tiempo de levantar este luto”. Sería fácil señalar que Hernán Ronsino eligió un narrador que calla la escena crucial porque busca tensar el suspenso; o que ese narrador, dispuesto a levantar el luto, no recuerda la muerte hasta el final de la novela. Sin una anticipación fuerte, la idea de suspenso queda descartada, porque el lector no espera lo que nada le indica que va a suceder, ni desea saber más sobre un hecho que ignora. Por otra parte, esta no es una novela de suspenso que necesite de un golpe de efecto para poder terminar. Relato difícil, no por su escritura, sino por la disposición de sus fragmentos y por el modo en que se articula o se difiere lo que, finalmente, se narra.
Soy consciente de que estas observaciones no son las habituales en la crítica literaria contemporánea, que no juzga de buen tono hablar así de la construcción de un relato. Sin embargo, para poder contestar por qué la novela de Ronsino no funciona del todo, pese a que sus episodios están armados o desarmados con precisión, hay que señalar esa sustracción del cadáver que la novela desplaza hasta el final. El narrador parece recorrer libremente sus recuerdos, pero oculta un acontecimiento crucial que todavía ni ha llegado a coagularse en el tiempo. Y lo revela, como en el más clásico cuento, con un giro precipitado en el desenlace. No ha recurrido a esa estrategia reticente para contar que, en una cacería, el narrador, entonces un chico de ocho años, mató accidentalmente a uno de los cazadores.
Ronsino quiso que volviéramos a leer la novela: lo que se revela en el desenlace obliga a empezar de nuevo para comprobar si en algún momento salteamos esa anticipación que hubiera vuelto al desenlace menos sorpresivo. Es cierto que, en el comienzo, hay una llamada de teléfono, pero resulta tan enigmática para el lector como para el amigo del narrador que la recibe, y ambos la olvidan. No sabemos qué hacer con esa llamada. Sólo en el final, como si se tratara de una novela policial (que no es), la llamada de teléfono se ordena en una línea de sentido.
La relectura, obligada por la decisión de ocultar algo importante, le da a la novela una segunda oportunidad. Salvo en el caso radical de las vanguardias históricas, el fragmentarismo o la recurrencia son formas de dislocar el curso lineal de la narración y no permitir su ajuste a un tiempo que vaya en línea recta del pasado más lejano hasta el más próximo o hasta el mismo presente. Estos cortes y reordenamientos del tiempo son una necesidad o una forma de la anécdota que se sustrae y se muestra, se corta y se prolonga más lejos, una especie de parpadeo como si los “hechos” se iluminaran de modo intermitente o afloraran para esconderse. Entre fragmento y fragmento no hay vacío, sino elipsis.
En La descomposición un cierto fragmentarismo es necesario porque hay dos líneas narrativas que tienen peso diferente. Una se desarrolla en el presente durante la noche donde dos amigos comen un asado, y uno de ellos sigue despierto deambulando, cuando el otro ya se ha ido; la otra, que transcurre en el pasado, cincuenta años antes, treinta años antes, veinte años antes, concierne al narrador y a una pequeña sociedad de amigos en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Es indispensable que ambas líneas de tiempo se intersecten porque la noche del asado (que transcurre en el presente) necesita la densidad pretérita de esa amistad entre hombres que se conocen porque se han cruzado en aquel otro tiempo.
La pregunta no es, entonces, sobre esa trama de dos tiempos, sino sobre una elección de Ronsino: dar, en cada fragmento, hechos lo más sesgados que sea posible, incompletos; hacer que la actividad de encadenar y de presuponer sea una obligación de la lectura. Narrar bien, incluso muy bien, pero con dilaciones y desvíos, evitando que el impulso de la materia narrada (su interés) se lleve por delante la voluntad de fragmentar. En este sentido,La descomposición responde a su título: destruye deliberadamente la continuidad hasta descomponer la materia misma de la que está hecha.
Parecerá curioso, pero esta fragmentación del relato no traspasa a la frase, que es tersa y nítida. El narrador es un periodista, un hombre culto, que discurre como alguien que ha leído a Saer (cita franca aunque sin mención del título de El limonero real). Me sorprendió el aire saeriano de la novela, en un momento en que creí que nadie de 32 años, como Ronsino, podía escribir de modo tan explícito, pero a la vez tan interesante y arriesgado, a partir de Saer. Es más, esta novela es a Saer como los cuentos borgeanos de En la zona son a Borges: un punto de partida que luego se diluye pero que, una vez encontrada la propia voz, la propia manera, permanece como una fundación geológica secreta. En esa base, un fractal es Piglia, en dos momentos que tienen mucho de esas síntesis demasiado coincidentes de la historia personal con la pública: un grupo de nazis al que perteneció el padre del narrador; y el paso fugaz pero reiterado de un Polaco que pregunta si ha llegado a Tandil y, de regreso a Europa, escribe un diario.
En La descomposición esa base geológica todavía emerge como lados de un prisma que se ha roto, pero cuyas superficies astilladas siguen visibles: la sociedad de amigos de un pueblo de provincia, el carácter intelectual de las conversaciones (entre cuyos temas, un debate sobre realidad, historia y ficción), los malentendidos y las peleas, el trabajo en el diario del pueblo, los paseos insensatos (literalmente insensatos porque se trata de acompañar a uno de ellos que enloqueció), los artículos que se escriben y lo que se discute en el bar del pueblo o en medio del campo, la lejanía de las mujeres y la centralidad del paisaje, que Ronsino trabaja de modo impactante. La novela, tanto como la descomposición de los personajes, muestra la de un espacio que antes (en el recuerdo) era orgánico, con sus edificios, sus estaciones de tren, sus confiterías, sus lagunas, sus montes. Ese paisaje se ha degradado en ruina o en basura.
Ronsino tiene la sensibilidad para escribir las materias en putrefacción, incluso la carne podrida de los hombres y los animales, las dificultades del movimiento, los bamboleos y las vacilaciones, las reticencias de los cuerpos. También tiene la sensibilidad de las horas: atardeceres, luces que caen, brillos, densidades oscuras, tormentas nocturnas. Le gusta escribir esto y el saerismo no es la maldición de alguien que no ha seguido las modas que le corresponderían por edad (excepto que se piense que la edad es una cárcel de corta duración), sino una afinidad electiva. Saer joven estudió una forma de ver en Juan L. Ortiz, y Ronsino, en Saer.

6.1.14

El ansia / Malba, 2013.


                               
                                  Primer Número Revista El Ansia: Cohen/Ronsino/Laiseca.
     

 http://www.losinrocks.com/medios/nueva-revista-el-ansia#.UsrPftLuJwg

16.9.13

Zürich

                               En el Literaturhaus de Zürich presentando la edición alemana de Glaxo.

1.9.13

Lo que se dice de Lumbre

Lo que se dice de Lumbre  (Eterna Cadencia, 2013)

"Aquella solitaria vaca".
Radar Libros Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5158-2013-10-27.html

"Una novela como un árbol".
Revista Qué pasa. Santiago de Chile.
http://www.quepasa.cl/articulo/guia-del-ocio/libros/2013/10/247-12839-9-una-novela-como-un-arbol.shtml

"Lumbre"
Diario El Mostrador, Santiago de Chile.
http://www.elmostrador.cl/cultura/2014/01/21/lumbre-la-tercera-novela-de-hernan-ronsino/

"El detalle y la estructura"
El Litoral de Santa Fe.
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2013/11/08/arteyletras/ARTE-02.html

"El resplandor"
Revista Inrocks.
http://www.losinrocks.com/libros/resena-lumbre-de-hernan-ronsino

"Cenizas del paraíso"
Revista Debate.
http://www.revistadebate.com.ar/?p=5246

"Pueblo envolvente"
Espacio Murena.
http://www.espaciomurena.com/?p=7242

"La Sombra del pasado"
Revista No retornable.
http://www.no-retornable.com.ar/v14/nuevo/adur.html

"Trilogía de Chivilcoy"
Revista La pulseada.
http://www.lapulseada.com.ar/site/?p=7169

En "Los siete locos". Canal 7. TV. Pública.
https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=h0Ka19-3bvo

"La escritura luminosa"
La capital de Rosario.
"Ronsino y una autobiografía de Chivilcoy"
Clarín.

"Lo que queda del mapa"
Revista Veintitres.

"Una novela síntesis"
Revista Ñ
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/lumbre-hernan-ronsino_0_980301995.html

"La vaca atada"
Bazar americano.
http://www.bazaramericano.com/resenas.php?cod=367&pdf=si

"Sobre Lumbre"
Hablando del asunto.
http://hablandodelasunto.com.ar/?p=16399

"Memoria en el desierto"
Eterna Cadencia blog.
http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2013/30762

"Hernán Ronsino, contador de historias"
R-C-U. Revista Cultural Urbana, Santa Fe.
http://www.r-c-u.com.ar/hernan-ronsino-contador-de-historias/

"Territorio de mitos y ficciones"
La voz del interior de Córdoba.
http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/hernan-ronsino-territorio-de-mitos-y-ficciones

"La experimentación del lenguaje"
Agencia de noticias Télam.
http://www.telam.com.ar/notas/201310/36635-en-su-novela-lumbre-ronsino-experimenta-con-el-lenguaje.html

27.3.13

La hipótesis.

La hipótesis del interior:
http://www.clarin.com/sociedad/Hipotesis-festival-literatura-viene-interior_0_890311056.html

18.10.12

audio

"El almendro" columna de Literatura de Facundo Arroyo en Tomalo con calma. Entrevista a Hernán Ronsino por su novela "Glaxo" 
Tomalo con calma: lunes a viernes por 97.1 fm y www.amprovincia.com.ar (play fm)

http://soundcloud.com/tomalo-con-calma/hernan-ronsino

30.9.12

Bitácora FILBA 2012




Asomé el cuello por la ventana del tren para
impregnarme de todo lo que habla de viajes (…)
No más que seis vagones atravesando la noche,
en cada uno de ellos viaja un fantasma (…)
Tristeza de trenes, negrura ancha de las máquinas en desuso que tanto tienen de vapor y sereno.
“Amanda desde siempre”.
Alberto Muñoz.
Hay que decir algo, entonces, de los trenes. Decir algo que resuene. Como un traqueteo. O como un anuncio. Para entenderlo. Porque sin los trenes el barrio de Liniers no se entiende. Sin la vía que parte al medio a la ciudad. Y que partió al medio, antes, a la pampa. Esta línea oeste que fue la primera que se hundió en el desierto sobre un camino desmalezado por el Ejército Grande. Sarmiento estaba ahí, como boletinero. Escribía lo que pasaba en el Ejército Grande que avanzaba, irremediable, hacia Palermo. Ahí estaba Sarmiento acercándose a Rosas. Tantas veces lo había imaginado. En Chile. En sus escritos como Viajero. Y ahora no sólo estaba en la pampa –en esa extensión que era un mal– sino también estaba acechando al hombre que encarnaba el mal. Rosas, el salvaje, el que había clavado el puñal de la barbarie en la culta Buenos Aires. Ese Ejército, entonces, que triunfa en Caseros liberará las fuerzas del progreso. Las vías que parten al medio a la ciudad y antes a la pampa son un símbolo de esa idea de Progreso. Muchos años después Perón le pondrá el nombre del sanjuanino a la línea oeste. El Sarmiento, como se lo llama todavía, sale de Once. El nombre de la estación recuerda la revolución del 11 de septiembre de 1852 cuando Buenos Aires se levanta contra Urquiza y se separa del resto del país por diez años. El sueño de Buenos Aires se hace realidad por esos tiempos. Luego, como es evidente, ese deseo se sublima en la metáfora de la cabeza de Goliat. Por lo tanto, el 11 de septiembre no recuerda la fecha de la muerte de Sarmiento sino a esa revolución. El azar en la historia, parafraseando a Cortázar, a veces, confunde muy bien las cosas.
Entonces hay que hablar de los trenes para entender la frontera que se levanta frente al Conurbano, frente a la Provincia bárbara y peligrosa. Liniers es una frontera trazada por las vías del Sarmiento y la avenida General Paz. Se trata de un límite simbólico pero, también, poderosamente trágico entre un adentro y un afuera. Esa leyenda aún se lee en algunas estaciones de la ciudad. “Trenes hacia adentro o trenes hacia afuera”. La metáfora del desierto continúa operando, ahora, entre la muralla que lleva el nombre del manco Paz, el General de la civilización y ese Conurbano oscuro, desindustrializado, violento.
Una semana después de la tragedia de Once, donde murieron 52 personas, tomé el tren en Caballito y viajé hasta Liniers. La formación era nueva. Tenía dos pisos y televisores en distintos lugares. Un poco para disimular, tal vez, la escenografía decadente que ocasionó el horror. Los televisores transmitían partidos de fútbol. Y los pocos que viajaban miraban por las ventanillas, silenciosos, tomados por un bamboleo intenso. En un momento, mientras el tren recorría los trasfondos de Flores y Floresta, descubrí en una de las pantallas la imagen de Lucas Menghini, el último de los pasajeros encontrados sin vida entre los fierros de dos vagones, dos días después del accidente. Se trataba de un clip que recordaba a Lucas y a las demás víctimas del choque. Me impresionó ver, en un televisor del tren Sarmiento, un homenaje a los que habían muerto en ese mismo tren. Un rato antes de terminar el clip aparecieron en el vagón dos tipos con unas guitarras. Se instalaron con presencia en el medio del coche, bamboleante, y al grito de “Buenas tardes” se pusieron a tocar. Empezaron a convivir, en ese instante, las últimas imágenes de la tragedia con el rasguido desalineado de una chacarera. Mucho después comencé a pensar que ahí, en esa tensión entre la tragedia y lo festivo, se puede estar definiendo la estética que atraviesa al Sarmiento y que se desparrama, después, cuando uno desciende en la frontera, en ese cruce entre el adentro y el afuera que es el barrio de Liniers. Por eso la idea del cruce está presente todo el tiempo: en los carteles, en la lengua que organiza la vida cotidiana del barrio, en el caos de la superposición. Por ejemplo: uno cruza las vías, cruza a la provincia o se cruza con una mirada filosa que mira sin ver. Siempre, en definitiva, se está cruzando un límite. La iglesia de San Cayetano es el último bastión, un refugio de ese sincretismo: las banderas de los países de América latina que rodean el interior del templo lo demuestran. Es en esa idea de cruce donde aparece resumida la vitalidad de una cultura latinoamericana, una cultura que respira en los rincones de Buenos Aires como un enigma, acechando, una y otra vez, como acecha el espectro del Conurbano a la culta Buenos Aires. Tal vez por eso, hoy, la culta Buenos Aires (indignada por la barbarie interminable que reaparece, muta y la atormenta a lo largo de la historia) resiste y se defiende de semejante inseguridad con el chirrido de sus cacerolas.

Dice Alberto Muñoz:
“Asomé el cuello por la ventana del tren para
impregnarme de todo lo que habla de viajes (…)
No más que seis vagones atravesando la noche,
en cada uno de ellos viaja un fantasma”.


http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/25703

18.8.12

Eva Perón



Por Hernán Ronsino.
 En julio se estrenó en Buenos Aires el segundo documental de Nicolás Prividera, “Tierra de los padres”. Es una película filmada íntegramente en el cementerio de la Recoleta. Y narra –a partir de los muertos que, en su mayoría, están enterrados ahí – los doscientos años de violencia que atraviesa a la historia argentina. Tomando los fragmentos de diversos textos, cuarenta personas leen al pie de las tumbas esos contrapuntos. La historia (es decir, el presente puro) es conflicto perpetuo. Se oyen las “voces”, así, de Facundo Quiroga, Rosas, Sarmiento, Mansilla, Mitre, Eva Perón, Aramburu, el poeta Joaquin Giannuzi, Massera, Rodolfo Walsh, entre otros. Como sucede con una película que te impresiona – me sucedió esta semana con “Tierra de los padres” – las imágenes continúan apareciendo; mientras camino, tomo el subte o espero; mientras cruzo la 9 de Julio de noche y veo, por ejemplo, ese nuevo paisaje que se desnuda detrás o antes del Obelisco: la figura de Eva. Los rostros de una mujer cuyo cuerpo se ha transformado en un símbolo. Un cuerpo atravesado por la violencia. Duarte y esa hija no reconocida. El camino, entonces, plebeyo. La decisión de escapar de un pueblo que sólo le presenta un destino doméstico, es decir, de explotación. La actriz plebeya que escapa de lo esperado y, por eso, comienza a ser vista como una mujer ligera. Un terremoto. Perón. La posibilidad de transformar la realidad. Como dice Juan Martini en la trilogía sobre Eva, le llevó apenas siete años construir uno de los mitos más potentes de la historia argentina. Entonces la enfermedad. Los discursos encendidos – esos que dejan jirones de su cuerpo, esos que hablan del sacrificio de la carne – la palabra acorralada pero lúcida. Y la muerte. Ahí, entonces, siento que comienza otra ficción sobre el cuerpo de Eva. El embalsamamiento es el inicio de un relato que permite profundizar la tragedia en el tiempo, más allá de la podredumbre de la carne. Se teje sobre ese “otro” cuerpo la ficción revolucionaria y, como un reverso, la ficción represiva. Uno de los últimos discursos de Eva dice: “Yo sé que ustedes tomarán mi nombre y lo llevaran como bandera a la victoria”. La palabra que pide por la multiplicación de la militancia. Y mientras eso pasa, sucede también la represión: el secuestro y desaparición de su cadáver. Como si ese secuestro y desaparición fuera, en el reverso, el anticipo, ahora, de la multiplicación no de la militancia sino de la muerte sistemática.
Hoy, Cristina elije el linaje de Eva. Se reconoce en esa juventud expulsada de la plaza, del paraíso soñado (lo dijo Néstor: “Y un día volvimos”). Es Eva y no Perón la homenajeada (tampoco en “Tierra de los padres” aparece Perón). Hace unos años, cuando el cuerpo de Perón era trasladado a la quinta de San Vicente – ese cuerpo atravesando la ciudad – desplegaba todavía, en 2006, los espectros de la tragedia. El cuerpo de Perón desata la tragedia. El de Eva está atravesado por ella. Eso parece decirnos la historia.
Uno de los últimos homenajes de Cristina fue la presentación del billete de cien pesos con el rostro de Eva. (Un taxista, primero, me mostró su malestar sobre el gobierno que insiste en dividir al país. Porque Evita, dijo, es una figura que sigue dividiendo al país. Por qué no eligen a otro, a Favaloro, por ejemplo. Y, antes de bajarme, banalizó la famosa frase: “Volveré y seré millones”. Ahí la tenés, dijo, en el billete de cien pesos, hecha millones). Cristina, entonces, recuperó la palabra de Eva, actualizándola. Cristina dijo que “Eva volvió en millones de puestos de trabajo”. Los rostros de Eva en el edificio del renunciamiento, el billete y la recuperación de esa palabra sobre la multiplicación trazan una herencia entre el pasado y Cristina. Un linaje político que la pone a Cristina, por momentos, en una zona que desafía las estructuras peronistas clásicas, las más conservadoras y regresivas. Pero por momentos. Muchas veces elige o se refugia en la lógica del “movimiento”.
Pensaba, después de ver la película “Tierra de los padres”, donde se reproduce un discurso intenso de Eva – habla de los fanáticos – que su cuerpo está suspendido aún; es una ficción que ocupa el presente y sigue multiplicando la palabra. Alguien me dijo hace poco: “¿Qué significaría reconstruir, hoy en día, el panteón que se deseaba construir hace sesenta años y exhibir el cuerpo suspendido de Eva?” En ese cuerpo hay un secreto. Está en su fantasma y no en la orquestación del “líder” el secreto para salir de la encrucijada peronista. Pero: ¿Será así? ¿Se puede escindir de este modo a Perón y a Eva? ¿Habrá que salir del peronismo? El peronismo es esa duda, ese balbuceo que se agita como un péndulo. Atraviesa los cuerpos. Nos trae el recuerdo de una carne sacrificada, hecha jirones, que ardió por su pueblo.   







Una poética de la educación

  por Hernán Ronsino. Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pe...