30.9.24

Una poética de la educación

 


por Hernán Ronsino.

Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pese a esto, desde hace un tiempo, la figura del narrador, como lo anticipaba Benjamin, va perdiendo lugar poco a poco en nuestra sociedad de la información. Ya no se transmiten historias de manera oral, lo que nos transmitimos cuando nos encontramos con otros es información. Si la narración teje comunidad, la información en cambio genera un interés utilitario, una lógica de consumo. Esta tensión entre narración e información, me parece central para pensar la cuestión educativa hoy en día.

Me formé en la educación pública: desde el jardín número 1, pasando por la escuela 7, el comercial, la UBA. Sin la educación pública no hubiera podido llegar a una carrera. En esa época había que irse para poder estudiar. No existía el CUCH ni las carreras que hoy existen en Chivilcoy. Partir era irremediable. La educación pública me allano el camino para que pudiera elegir. Este año voy a cumplir 18 años como docente de la UBA. Soy el primero de mi familia en tener un título universitario. Vengo de una familiar de muchas generaciones de campesinos y obreros. Y yo soy el primer universitario. ¿Por qué? ¿Tuve mucha suerte? No. La educación pública funcionó durante décadas como una política de estado, como un trampolín de ascenso social, de progreso. Sin la educación pública yo no hubiera podido estar hoy acá. Desde ese lugar voy a hablar hoy.

 

Después de la pandemia, cuando retomamos las clases presenciales en la universidad, comencé a percibir poco a poco una serie de opiniones que antes nunca había escuchado. Por ejemplo, en aulas con estudiantes que eran oriundos de países latinoamericanos algún alumno argentino largaba sin pudor que los extranjeros tenían que pagar para estar en la universidad. Ese discurso se fue encadenando y con otros. Como por ejemplo que no existe la brecha de género en el mercado laboral. O por dar un ejemplo mucho más reciente, en este comienzo de año con la incertidumbre del funcionamiento de la universidad y los recortes salariales, un alumno me dijo que la UBA había derrochado muchos recursos en todos estos años y era el momento de tener que recortar. Es decir, los discursos que cuestionan la educación pública no solo vienen de sectores abiertamente enfrentados con lo público, sino que han encarnado incluso en alumnos que gozan del derecho que les ofrece el Estado y lo que supone la educación pública. Es decir, el peor cuestionamiento es el que viene desde ahí. Esas interrogaciones me generaron una profunda preocupación. Por muchos motivos. Pero había en todo eso, hay en todo eso, sin duda, un gran síntoma de época, un malestar que se refleja en esa contradicción, pedir la destrucción de lo público estando en lo público. Ese síntoma pierde de vista el concepto de derecho, lo que significa un derecho y ese concepto empieza a ser horadado por otro, el del interés. Esto quedó bien claro cuando le pregunté por qué estudiaba en la UBA.  Le pregunte por qué estudiaba en la UBA. Me dijo porque era prestigiosa. ¿Y si tuvieras que pagar como en Chile? No supo responderme porque no sabía cómo era el sistema en Chile. Le expliqué que en Chile funcionan dos formas de cepo educativo. El primero es el examen que se hace una vez que se termina el secundario, la PSU. Todos los estudiantes realizan una gran prueba que da un puntaje. De acuerdo al puntaje que sacas vas a poder acceder a la universidad que querés estudiar o no. Porque hay cupos por carrera. Pero luego del examen uno se encuentra con otro cepo. Y es que no importa el puntaje que hayas sacado, todos por igual tienen que pagar. Y según las carreras el pago. Derecho en la U de Chile, por ejemplo, se pagan 600 dólares por mes. Ingeniería, por ejemplo, 800 dólares. Algunos estaban sorprendidos por los montos. Entonces junto con esa preocupación que me surgió de escuchar a los alumnos, me apareció la pregunta de cómo intervenir como docentes en el aula. Siento que estamos atravesando un momento en donde los derechos no son percibidos como derechos. Ese alumno que me dijo que estaba en la UBA porque no se pagaba pero que le pedía a la UBA que se achicara en sus gastos no solo no estaba pensando en su derecho a estudiar en la universidad pública y gratuita sino que está ahí por un interés: ir a la UBA es barato y prestigiosa. Le convenía con la misma lógica del que compra dólares oficiales y los vende en el blue.





Hace poco descubrí un libro que salió publicado originalmente en 2020 y que me está ayudando mucho para poder entender no solo nuestro presente, también el estado del mundo occidental. Se llama La época de las pasiones tristes, del sociólogo francés Francois Dubet. Dubet es un especialista en estudiar las desigualdades, cómo se sostienen en el tiempo, cómo cambian y encuentran formas que las legitiman. Dubet plantea en su libro que se ha ido configurando en los últimos años un nuevo régimen de desigualdad, un régimen que desplaza el conocido régimen de desigualdad industrial, basado en la lucha de clases, por un régimen que llama de desigualdades múltiples. En este nuevo régimen no desaparece, obviamente, la desigualdad de clase sino lo que comienza a prevalecer son las percepciones de otras desigualdades que despiertan el sentimiento de injusticia, la rabia, las pasiones tristes. Ya no se piensa en una dicotomía clase burguesa/obreros, sino lo que comienza a percibirse con fuerza es una desigualdad desperdigada entre pares. El burgués está lejos, no nos cruzamos con esa burbuja en la que vive, más bien nuestros pares comienzan a ser percibidos como nuestros rivales, rompiéndose así un tipo de lazo de solidaridad, una posible forma de comunidad. La dicotomía se presenta entre los trabajadores formales y los informales, entre los nativos y los migrantes, entre los hombres y las mujeres. De esta manera, en una sociedad con derechos no satisfechos, precarizada, el portador de un derecho es percibido como un privilegiado. Es en ese entramado de desigualdades múltiples donde hizo mella el discurso de Milei. Y el concepto de casta prende como el pasto seco. Porque el sentido del concepto de casta, ambiguo, diverso, encaja para cualquiera de las desigualdades múltiples que podamos percibir: el conicet, las universidades, los planeros. Todo lo que es un derecho es percibido como privilegio y como curro para un semejante que viene siendo excluido desde hace tiempo. Y al que no se le garantiza ni un buen transporte ni un buen sueldo, es decir, una vida digna (el último peronismo no supo garantizarle a los trabajadores una vida digna). La imagen de los trabajadores de rapi votando a Milei es la mejor síntesis de lo que plantea Dubet. El problema es grande, el piso esta desfondado. ¿Qué se puede hacer desde el aula? La gran pregunta, el gran desafío es cómo hablar en el aula, como gambetear el desánimo, la falta de interés, la falta de lectura y cómo sacar de cada alumno sus pasiones alegres. Ese es el gran desafío: o la educación la pensamos como un derecho o nos corroe, irremediable, en la trama de nuestra comunidad, el interés más obsceno.



En medio de este panorama vengo a plantear que hoy más que nunca como docentes no dejemos de poner en práctica una poética de la educación. Voy a dar algunos ejemplos para que quede claro a que me refiero con eso. Mi hija va a tercer grado de una buena escuela pública de la ciudad de Buenos Aires. Me contó hace unos días algunos ejercicios que hacían para la materia esi. Y en un momento de silencio me preguntó: Papá, ¿qué significa esi? Con la amigas hacían chistes con esa palabra porque se les presentaba como un misterio. Es decir, la maestra dio tan por sentada esa palabra que sus alumnos nunca pudieron poner en contexto el nombre de la materia con el ejercicio que tenían que hacer. En verdad nunca entendieron por qué tenían que hacer esi ejercicio. Así era el chiste que hacían ellas. Pensaba, ¿tal vez a la maestra le daba pudor decir educación sexual integral? ¿Que aparezca en escena la palabra sexual? A veces las formas de construir olvido son sutiles. Pero muy potentes. Como sostienen Dussel y Filmus: hay tres formas de llegar al olvido en el proceso de enseñanza y aprendizaje. El primero es el vacío curricular, es decir, obviar tratar un tema, su ausencia en el trabajo en el aula. Pero también se puede llegar al olvido enseñando los temas en el aula. Enseñando de manera mecánica, repetitiva los temas, es decir, haciendo que los chicos estudien de memoria. De esta manera, por ejemplo, en materias de sociales o de historia el pasado es algo lejano del presente, no hay ninguna conexión entre lo que pasó y lo que pasa. El tercer punto tiene que ver con el legado incuestionable. Esta es la típica estructura de la enseñanza de principios del sistema educativo nacional donde el docente es el portador de un saber que debe transmitirle al alumno, que no sabe nada, por lo tanto todo lo que transmite el docente es palabra santa y no puede ni siquiera ponerse en duda. El alumno no tiene voz, solo incorpora lo que el docente le brinda. Allí no hay dialogo entre docente y alumno, hay obediencia. Por lo tanto se puede llegar al olvido incluso cumpliendo con la pauta de temas que hay que dar en las aulas. Entonces resalto las tres formas de llegar al olvido: el vacío curricular, la memoria de memoria y el legado incuestionable.

 

Otro ejemplo que quiero contar tiene que ver ahora con las formas de escuchar la palabra de los alumnos. Lo que voy a contar me sucedió  en una escuela en el estado de Jalisco, en México. Fui a la feria del libro de Guadalajara y entre las actividades que uno tiene que realizar está participar del Programa Ecos de la Fil, esto implica visitar escuelas del estado de Jalisco. Fui varias veces a Guadalajara y he visitado escuelas muy diversas, rurales, urbanas, humildes, más chetas, etc. Pero en una escuela de las afueras de Guadalajara paso algo que me impacto. Después de una larga charla con una docente sobre literatura y los procesos de escritura, pregunté a los alumnos si alguno escribía. Levantaron la mano dos chicas. Escribían poemas y una llevaba un diario íntimo. Y ningún chico, volví a preguntar. Ningún chico escribe. Y alguien levanto la mano en el fondo. Hubo una breve conmoción entre los docentes porque nadie esperaba que ese del fondo levantara la mano. De inmediato un maestro se acercó a él por las dudas. Era evidente que se trataba del alumno bardero y querían evitar algún tipo de boicot. Pero el pibe dijo que él escribía canciones. Le pregunté si se animaba a decirnos alguna. Se puso a rapear de inmediato y en un momento dijo algo que me pareció notable. En medio del rapeo y del desconcierto de los docentes, dijo: Cuando escribo todo es posible. Después, los docentes me llevaron a una sala donde había café y nos pusimos a charlar sobre lo que había ocurrido. Todos estaban sorprendidos porque no sabían que ese pibe cantaba o escribía canciones. Les dije: tienen un poeta muy bueno en el aula. Estaban desconcertados. Ahí está el otro punto: cómo hacer para no perder de vista al otro, para poder escucharlo, para romper el velo que también como docentes construimos sobre los alumnos y que muchas veces nos impide verlos, escucharlos, hacerlos sentir cómodos para que puedan contar y cantar sus canciones.

 

Entonces se imponen estas dos ideas: enseñar para no caer en el olvido y enseñar para escuchar y darle lugar a la potencia que trae el otro. Siempre trae una potencia transformadora el otro, siempre sabe algo que uno como docente desconoce: el otro también nos enseña. En ese ejercicio, de evitar el olvido y de habilitar la potencia del otro, está la poética que menciono en el título de esta charla, la poética de la educación que se parece, como dice Ranciere en El maestro ignorante, a un ejercicio de emancipación. Tenemos que ser narradores en el aula, no transmisores de información. La narración teje comunidad.



Para finalizar, quiero compartir un poema de Borges que aparece publicado en el libro La cifra, uno de los últimos de Borges. Es curiosa la forma en que llegué a ese poema. Hace 20 años trabajaba en una librería en el barrio de La Boca. En esa librería conocí a Pérsico, un poeta y pintor de caminito, que iba siempre a comprar cosas y se ponía a conversar. Lo que más le gustaba era contar su historia con Borges. En la década del setenta, Pérsico además de taxista era muy peronista, decía, y una vez se subió a su taxi Borges. Y la reacción que tuvo, después de increparlo por ser tan gorila, fue que se bajara del taxi. Muchos años después, Pérsico cae enfermo en un hospital. Tiene una larga recuperación y lo único que tiene a mano para aguantar son libros. Entre ellos estaba Borges, al principio lo postergaba en la pila, lo evitaba. Hasta un día abrió al azar el libro la cifra y se encontró con el poema que ahora les voy a leer. Y lo que le pasó a Pérsico fue una conmoción. Lo derrumbó, lo metió para siempre en el mundo Borgeano. Después de eso no paro de leer a Borges. Cada vez que venía a la librería siempre decía lo mismo: Pibe, el viejo me salvó la vida. Y mientras decía eso también se le veía en su mirada el remordimiento que llevaba por haberlo hecho bajar del taxi. Al hombre que le salvo la vida, lo había echado de su taxi. El poema que le cambio la vida a Pérsico se llama Los justos. 

 

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

 

Como se habrá observado, la trascendencia en este poema pasa por los pequeños detalles, por valorar el gesto invisible que sostiene una idea de justicia. Los justos son aquellos que agradecen y le dan valor a la belleza simple del mundo. Podríamos agregar a esa lista de justos, el trabajo silencioso y apasionado que hacen  los docentes de todos los rincones por pelear contra el olvido y hacer posible que el otro brille (a pesar de las condiciones laborales, de los salarios, de los funcionarios de turno). Ahí, en ese equilibrio, evitar el olvido (para transmitir la conciencia de un derecho) y darle voz al otro (para abrir el diálogo y el debate), en ese equilibrio hay una poética, una narración que la educación no puede perder, al contrario, debemos cultivar, como dice Borges, con la paciencia y la pasión con la que se cultiva un jardín.


Conferencia de apertura de las VI Jornadas Regionales para la Educación Pública. 23 de septiembre. Escuela Normal. Chivilcoy.

Fotos: Agustín Manavella.

28.9.18

Lo que se dice de Cameron

Lo que se dice en la prensa sobre la novela Cameron.

Página/12:
https://www.pagina12.com.ar/146810-la-novela-interroga-el-presente-pero-con-los-ecos-del-pasado

La Nación:
https://www.lanacion.com.ar/2163120-resena-cameron-de-hernan-ronsino

La Tercera:
http://culto.latercera.com/2018/12/17/hernan-ronsino-cameron/

Otra Parte:
http://revistaotraparte.com/semanal/literatura-argentina/cameron/

Revista Ñ
https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/hernan-ronsino-fabula-genocida-prision-domiciliaria_0_gGZJaW8Pb.html

Bazar Americano:
http://www.bazaramericano.com/resenas.php?cod=809&pdf=si

Infobae:
https://www.infobae.com/cultura/2018/07/19/hernan-ronsino-el-feminismo-esta-cambiando-radicalmente-las-palabras-el-imaginario-los-modos-de-pensar-2/

Radar Libros:
https://www.pagina12.com.ar/143913-de-convictos-y-confesos

La Voz del Interior:
http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/libro-recomendado-cameron-de-hernan-ronsino

Tiempo Argentino:
https://www.tiempoar.com.ar/nota/hernan-ronsino-en-los-noventa-la-dictadura-fue-un-topico-de-exportacion

TV Pública:
https://www.youtube.com/watch?v=9NiO1oQ0wtg

El Mercurio (Chile):
http://www.elmercurio.com/blogs/2018/09/08/63140/Cameron.aspx

Blog Eterna Cadencia:
https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/entrevistas/item/hernan-ronsino-cada-libro-que-sale-te-lanza-a-un-vacio-absoluto.html

Blog Escaramuza Libros
https://www.escaramuza.com.uy/narrativa/item/un-poema-largo-y-estrecho.html?fbclid=IwAR2UF_WgTLkSj-JKKLb17NXH--pKqC0_jdb4Cw9e3It9uIyXTxfYeR5YmDk

El Cohete a la Luna:
https://www.elcohetealaluna.com/aqui-alla-y-en-todas-partes/

Radio Bio-Bio. Chile.
https://www.biobiochile.cl/noticias/artes-y-cultura/libros/2019/01/19/cameron-de-hernan-ronsino-la-inmovilidad-superficial-de-un-pantano-latinoamericano.shtml

Revista Polvo:
http://www.polvo.com.ar/2018/08/cameron-ronsino/

Solo Tempestad:
http://www.solotempestad.com/ronsinoxvidal/?fbclid=IwAR3JAn0Y3HDwdc3GFJQiTUJK04TFiyK_Sg6PxYupte9x4M0_ByP3qoJnMOw

Radio La Tecla:
https://www.youtube.com/watch?v=3Gom23cH2cI&t=4s

La Primera Piedra:
https://www.laprimerapiedra.com.ar/2018/09/cameron-hernan-ronsino-la-tension-motor-narrativo/?utm_source=rss&utm_medium=rss

Radio La tribu:
https://www.youtube.com/watch?v=KSUkm6Ub_IY

La Agenda de Buenos Aires:
http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/177447734455/climas-diversos

Revista Trama:
http://tramarevista.com.ar/divulgacion-literaria-argentina-n6-cameron-de-hernan-ronsino/

Radio La desterrada:
https://ladesterrada.com/hernan-ronsino/


14.4.17

Nuevo libro



Dos reseñas de Notas de campo:

Revista Ñ: 
https://www.revistaenie.clarin.com/revista-n/literatura/profesores-violin-chivilcoy_0_SyJr0Czae.html

Revista Los Inrocks:
http://www.losinrocks.com/musica/hernan-ronsino-ensayo-notas-de-campo

19.6.16

Glaxo en Melville House




In a derelict town in the Argentine pampa, a decades-old betrayal simmers among a group of friends. One, a barber, returns from serving time for a crime he didn’t commit; another, a policeman with ties to the military regime, discovers his wife’s infidelity; a third lays dying. And an American missionary has been killed.
But what happened among these men?
Spinning through a series of voices and timelines, Hernán Ronsino’s Glaxo reveals a chilling story of four boyhood friends who grow  to become adults embroiled in illicit romances, government death squads, and, ultimately, murder. Around them, the town falls apart. The “primitive calm” is punctuated only by the sound of trains—a sound “so shrill it hurts your teeth,” and loud enough, we learn, to overwhelm the pop of gunfire.
Both an austere, pastoral drama and a suspenseful whodunit,Glaxo crackles with tension and mystery. And it marks the stunning English-language debut of a major Latin American writer.

http://www.mhpbooks.com/books/glaxo/





20.3.16

Lumbre al alemán


Hernán Ronsino schreibt Bücher, deren Lektüre die Wahrnehmung der Lesenden auf faszinierend-irritierende Art verändert. Erinnerung ist ein Baum, der wurzelt, ein Baum, der eine mächtige Krone hat, Erinnerung ist eine Geschichte, die hier erzählt wird, als wären es Bilder aus einem Film der Coen-Brothers. LUMBRE ist seit heute in den Buchhandlungen und empfiehlt sich allen, die einem kleinen Verlag grosse Literatur zutrauen. LUMBRE ist das Abenteuer, das wir beim Lesen eingehen wollen, LUMBRE ist das Schiff, auf dem wir anheuern, um an den Horizont und darüberhinaus zu segeln, LUMBRE ist das Glühen in unseren Herzen, in unseren Augen, wenn Erinnerung aus dem Vergessen spriesst und LUMBRE ist das Geschenk, das einer der herausragenden Schriftsteller Lateinamerikas uns allen mit seinem Roman macht. Grossartig ins Deutsche übersetzt von Luis Ruby.

25.6.15

Notas de Campo: Sexta entrega

Martínez Estrada sobresale, fundamentalmente, como autor de ensayos. Y su obra literaria aparece, en el recuerdo, en general en un segundo plano. Pero la obra literaria de Martínez Estrada no es una obra menor. Tiene relatos y nouvelles que son de una densidad notables (Marta Riquelme, “La inundación”, por ejemplo) y en las que, en alguna de ellas, la mirada política y filosófica que sostiene en sus ensayos encuentra en la ficción su encarnadura.
Por esto mismo, las fronteras de género siempre fueron difusas en su escritura. Radiografía de la pampa puede pensarse –pasado el marco de época, es decir, lo que sostiene al texto– como una novela fantástica. El espacio de la pampa, las ciudades imaginarias, ese halo que viene del campo – como un fantasma – para acechar a las incipientes urbes. Y, a su vez, Marta Riquelme, ese prólogo infinito a un libro perdido, puede ser pensado como un perfecto ensayo literario.
Si Radiografía de la pampa indaga en las contradicciones que fundan la realidad nacional, el otro gran libro, La cabeza de Goliat, estudia de un modo minucioso las mutaciones que va viviendo la ciudad de Buenos Aires en las décadas del treinta y comienzos del cuarenta. Hay en ese libro un capítulo, se llama “Regreso”, en donde Martínez Estrada registra la llegada de un tren a la ciudad. Un tren cargadísimo. “Es una masa informe” la que llega. Llegan después de un fin de semana al sol – imaginamos en el Tigre –, “son un montón de escombros humanos expelidos como bolos fecales de los coches”. Así caminan por los andenes para, después, perderse en la ciudad y quedar invisibles durante la semana.
Ese es el modo en que Martínez Estrada dibuja a los nuevos habitantes de la ciudad. Aún no ha surgido el peronismo y Martínez Estrada se pregunta –la misma pregunta se hará el Dr. Hardoy en “Las puertas del cielo” de Cortázar– “¿quiénes son?, ¿a qué ciudad pertenecen?” La invisibilidad de los que, unos años después, serán narrados en “Sábado de gloria”, ahora se desparraman “como miríadas de termitas” por la gran urbe. Esos extraños serán el humus para la escritura que roza, por momentos, lo fantástico.
Como en Simmel –Martínez Estrada es un gran lector de Simmel– surgirá en esos años en Buenos Aires una nueva idea de soledad. No es la soledad rural, la infinidad de la pampa acechando al sujeto; ahora se trata de la soledad fragmentaria –la noción simmeliana de urbanita– que recorre los cinematógrafos, los edificios gigantes, el ruido bestial. Hacia el final del artículo, la mano del escritor, e incluso del poeta –ese primer género que exploró Martínez Estrada, el amigo de Lugones– es la que se impone. Por eso mismo, el efecto de haber leído, no una crónica sino un cuento fantástico, o mejor un ensayo fantástico, regresa con fuerza.
No habría que hablar, entonces, de ensayo y de ficción en Martínez Estrada sino que todo funciona como un continum en donde el desplazamiento, a veces, es minucioso. El ensayo y la ficción como recursos emparentados. Pero, a pesar de eso, es, sin dudas, la materia de ficción presente en la escritura de Martínez Estrada la que termina, finalmente, imponiéndose. Porque esa materia de ficción permite que la escritura se libere no sólo de la estructura teórica – las ideas y sus métodos –, abriéndose así a nuevos sentidos, sino también al encuadre de su época.

11.6.15

Notas de campo: Quinta entrega

La escritura de Alfredo Gómez Morel se funda sobre una vida negada y perseguida. Gómez Morel tiene algo de “El Niño Proletario” de Lamborghini pero, a diferencia de Stroppani, hará sonar, de a poco, su propia voz. Es el desplazado que cuenta.
Gómez Morel escribe desde la cárcel de Valparaíso su libro más famoso, El Río, publicado en 1962. La solapa, esa forma de reproducir mitos, dice que estuvo preso más de doscientas veces y que fue custodio de Perón en la década del setenta, un dato, por otro lado, incomprobable. Luego de El Ríoescribió La Ciudad y El Mundo componiendo una trilogía autobiográfica.
El río es el Mapocho. Ese hilo de agua, oscuro, que baja de las montañas y atraviesa a Santiago de Chile. Pero el Río, así, con mayúsculas es también un espacio de contención para los pelusas que, poco a poco, irán filtrándose en el mundo de la delincuencia. Gómez Morel en El Ríocuenta, entonces, su vida. La vida de un chico que fue despreciado y golpeado por una madre prostituta; internado en un colegio de curas y abusado por los curas; y que elige huir de toda esa violencia para vivir a orillas del Mapocho.
El Río se inscribe dentro de un realismo anacrónico para los años sesenta, un realismo que responde más bien a la estética de los años de infancia de Gómez Morel, es decir, la década del veinte y del treinta. Años en los que el hecho de ser delincuente o “lanza” implicaba una ética semejante al modo de ser de los malandrines que describe muy bien González Tuñón en sus poemas. La escena final de El Rio, el encuentro con el nazi y lo que piensa Gómez Morel es un buen reflejo de esa ética. Eso es, precisamente, lo que distancia el mundo de “El Niño Proletario” del modo en que se narra la marginalidad en El Río. La escritura clara, inocente, por momentos folletinesca de Gómez Morel, nostálgica, contrasta bien fuerte con esa lengua sucia de Lamborghini. Pero lo que tiene Gómez Morel de Stroppani es lo vivido. La humillación entre los humillados y la violencia de los poderosos. Todo eso recae sobre el cuerpo del niño Gómez Morel. Y es en ese cuerpo donde acecha la sombra de una madre desmadrada que lo arrasada con todo.
La única alternativa de salir de ese desamparo brutal – posibilidad que “El Niño Proletario” jamás tuvo – será a través del Río. Aquí no hay masa de trabajadores unidos que puedan redimir a los explotados. Se trata del mundo del hampa – y esa ética – la que le dará una pertenencia, una conciencia grupal. “El Río sabe cuándo uno de los suyos está en peligro y acude sin que lo llamen ni le avisen. Se trata de luchar contra la Ciudad”.
Gómez Morel piensa, de este modo, a la literatura no como un modo de reconversión, es decir, de salvación: escribir en la cárcel para corregirse; sino más bien como una manera de perfeccionar su oficio de delincuente (El Mundo, el siguiente libro, es la muestra más contundente de eso). La escritura de Gómez Morel nace por fuera del imaginario burgués y seguirá así, en las orillas. Es decir, Gómez Morel escribe – y piensa a la escritura – como una forma de torcer el mundo.

El Río, Alfredo Gómez Morel. Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2014.

28.5.15

Notas de campo: Cuarta entrega

Desde que la pelota sale de los pies de Tostao hasta que Pelé dispara contra el arco de Uruguay, sólo pasan seis segundos. Y en esos seis segundos se teje una jugada que quedará grabada para la historia del fútbol. La escena sucede en el partido de la semifinal del mundial‘70, en México. Faltan pocos minutos para que Brasil le gane tres a uno a Uruguay. Las cosas están definidas. No va a pasar nada relevante que pueda alterar el dato objetivo de la historia. Sin embargo, lo que ocurre es un acontecimiento. Es decir, eso impensado que irrumpe para sacudir algo del presente y condicionar, como un fantasma, el futuro. Tostao le pasa la pelota a Pelé. Pelé, a la carrera, encara al arquero uruguayo Mazurkiewicz y en la carrera se ilumina. Deja que la pelota siga su marcha y pase por un lado para, después, hacer un dribling y esquivar al arquero por el otro. Luego, superado al arquero – que tira un manotazo desesperado –, alcanza la pelota y patea con el arco casi libre – un defensor uruguayo trata de cubrirlo. Pero la pelota, como diría un viejo cronista de fútbol, sale de la cancha besando el poste izquierdo.
Esta jugada de Pelé funda, de alguna manera, El regate, la extraordinaria novela del escritor brasileño Sérgio Rodrigues. Regate significa gambeta, dribling. Murilo Filho es un gran cronista de la historia del fútbol brasileño, está viejo y enfermo y le muestra, en un video que adelanta y retrocede todo el tiempo, la jugada de Pelé a su hijo, Neto. Hace años no se ven y tienen, desde toda la vida, una historia de violencia, traición y resentimiento. Ahora se reencuentran porque Murilo está por morir. Y en ese reencuentro – Murilo tiene una gran imposibilidad de mostrar sus afectos o de pensar en el pasado – aparece el fútbol como una forma de comunicación y de negación a la vez. El fútbol es en la novela una dimensión cultural de gran importancia. No se trata del culto al fútbol por el fútbol mismo sino que se lo piensa como un rasgo de identidad cultural. Y es lo que permite, a su vez, que padre e hijo tengan un vínculo.
La contracara de esa jugada “fallida” de Pelé puede ser una que Murilo le muestra a Neto en otro video que tiene las imágenes en muy mal estado. Se trata de un partido del mundial ’58 entre Brasil y Francia. Allí se lo ve a Pelé con tan sólo diecisiete años, allí se lo ve a Garrincha también. Es el equipo brasileño que ganará la primera copa del mundo. Murilo, entonces, le muestra a su hijo un fragmento – apenas veinte minutos – de ese partido. Van cero a cero y no sólo Brasil está jugando mal también lo hace ese joven Pelé. Pelé, dice Murilo, hace todo mal. Y además ni Brasil ni Francia se sacan ventaja. Pero lo curioso es que no sólo Brasil hará historia ese día ganándole cinco a dos a Francia, también hará historia Pelé jugando un partido increíble.
En ningún momento de ese fragmento elegido se sospecha semejante resultado. El fragmento elegido es el peor momento del partido. Es la parte más aburrida. “El fútbol es así: un caos”, dice Murilo. “El fútbol está lleno de planicies inmensas, de horas muertas (…) en las horas muertas puede acontecer cualquier cosa. El fútbol sólo puede revivirse en mejores momentos, editado, podado”. Por eso mismo pienso que este fragmento puede ser la contracara de la gambeta de Pelé. El tiempo interminable y amorfo, por un lado, frente a lo inesperado que cambia las cosas en tan sólo seis segundos. Si bien la jugada de Pelé “falla”, porque no es gol, irrumpe de esa nada, de esa meseta anodina para trascender, para volverse un acontecimiento, una escena que sobrevolará como un fantasma – el temor a la imperfección – en cada instante decisivo de una jugada, y así quedará incrustada, para siempre, en la memoria del fútbol.
El regate, Sérgio Rodrigues, Anagrama, 2014. Traducción, Juan Pablo Villalobos.

14.5.15

Notas de campo: Tercera entrega

Una maldición antigua abre Pánico al amanecer, la notable novela de Kenneth Cook. Esa maldición dice así: “Que sueñes con el diablo y sientas pánico al amanecer”. John Grant es docente en un paraje rural de Australia. Espera, con ansiedad, que termine el ciclo lectivo porque tiene planeado un viaje. Un viaje a Sydney donde se encontrará no sólo con el mar sino también con la mujer que ama. El viaje se inicia en tren y tendrá una escala en una pequeña ciudad minera. Allí Grant, como el gordo Barrios en Responso de Saer, se enfrentará a una noche infernal.
En ese pueblo, una serie de personajes triviales, pero cargados de una exagerada amabilidad, lo van llevando a Grant hacia su propia perdición. ¿Es el pueblo o es el propio Grant? El pueblo es una obsesión también para los habitantes. Eso cree Grant. El juego y la narración de una noche vertiginosa trazan un paralelo ineludible entre Pánico al amanecer yResponso. Grant está solo en un pueblo desconocido de Australia, sueña con el mar, sueña con pasar unas vacaciones inolvidables: va en busca de su paraíso. Barrios, en cambio, ha caído del paraíso. La separación, la pérdida del trabajo le ponen delante de los ojos, como un destino irremediable, la ruina. Pero tanto en Grant como en Barrios el juego – el riesgo que implica el juego, ese deseo por salvarse o por multiplicar lo que se tiene – avanzará como un mar desbocado. Las dos novelas, publicadas en 1961 y 1964, apelan al mismo declive.
La caída de Barrios es en su propia ciudad – en la cual no encaja y ha quedado afuera de todo: de la casita con jardín de su ex mujer, del sindicato – en cambio Grant está de paso en ese pueblo minero. De todos modos, el juego los devorará a ambos quitándoles la esperanza que el propio juego habilita como un espejismo: Barrios pierde la máquina de escribir; Grant pierde todo el dinero, el pasaje incluso a Sydney: “Sydney, esa palabra se le volverá una obsesión”.
La violencia, en principio, más que expresarla, la padecen tanto Barrios como Grant. Pero en Pánico al amanecer el personaje está expuesto a los embates de furia que rodean al pueblo y es por eso que el combo de inercia y fracaso le hagan disparar de sus propias manos lo que jamás imaginó que podía disparar. Hay una escena memorable. Se trata de una cacería de canguros. Después de una noche de ruina, viene la cacería. Un grupo de mineros que no para de hablar arrastra a la sombra de Grant hacia esa cacería. La persecución de canguros en la noche es feroz. De pronto, bajo el cielo estrellado, Grant, que hasta el momento vio todo con cierta distancia, sin saber muy bien cómo juzgar esa violencia, de pronto se convierte en uno de ellos: “¿Qué hacía allí, John Grant, profesor de escuela y hombre enamorado, despedazando a una pequeña bestia mullida?”. Es por todo esto y por el modo vertiginoso y simple de narrar la caída de un hombre que Nick Cave, por ejemplo, diga que Pánico al amanecer sea “la mejor y más aterradora historia que existe sobre Australia”.


1.5.15

Notas de campo: Segunda entrega

“Abandonados a sí mismos, artistas y escritores deben hoy en día crear simultáneamente texto y contexto, mito y crítica del mito, utopía y derrumbe de la utopía” dice Boris Groys en una cita que abre el epílogo de Pyramiden: retrato de una utopía abandonada. Kjartan Fløgstad es un escritor noruego que tiene publicadas varias novelas, algunas traducidas al español, Gran Manila, por ejemplo, y a principios del siglo XXI decide emprender un viaje y retratar en una crónica –siguiendo casi ese mandato de la cita de Groys– el estado de una ciudad. Una ciudad minera que fue una de las perlas del modelo soviético. La ciudad se llama Pyramiden y se encuentra en la isla noruega de Svalbard, en la latitud 79 grados Norte.
Entre 1950 y los años 90 la ciudad de Pyramiden, levantada al pie del cerro que lleva el mismo nombre, fue diseñada por el stalinismo como ese lugar perfecto, en donde no existía el dinero y se podía vivir de un modo distinto en relación a los controles y la represión de las grandes ciudades soviéticas. Con hoteles de lujo, invernaderos y hospitales modernos, era un lugar en donde la aproximación a esa aspiración utópica existía. Pero, a su vez, unos pocos podían acceder a ese lugar no sólo por ser un sitio tan lejano e inhóspito sino por ser más bien un espacio elitista. Una ciudad levantada “en medio del yermo ártico” y para unos pocos.
Unos años después de la caída del bloque soviético se decretó el cierre de la mina –un cierre inesperado– y seis meses más tarde la ciudad quedó prácticamente deshabitada. A partir de entonces el camino del vandalismo tuvo su entrada: “turistas, pescadores y cazadores” han arrasado con gran parte de la biblioteca y los vinilos que poseía con orgullo la ciudad. Aún se ven pegadas en las paredes publicidades de Aeroflot, colores desgastados por el tiempo. “Pyramiden es un monumento a un Estado y a una ideología estatal que ya no existen”, dice Fløgstad. Los restos de esta ciudad minera sobreviven congelados en el ártico.
“No hay nada más real que una utopía fracasada”, dice un graffiti en uno de los barrios más populares de la ciudad de Berlín. Esa frase estremece, deja sin reacción a cualquiera. No por la contundencia de la expresión sino porque interroga la noción misma de lo real y además devasta la posibilidad de que una utopía fuera posible. Ese graffiti parece haber surgido de las entrañas mismas de la teoría de Louis Marín, el pensador francés que hablaba de las utopías degeneradas. Sobran ejemplos en el cine y la literatura. Pienso en dos: la película La playa, esa comunidad utópica a la que se suma Leonardo Di Caprio en Tailandia y que se destruye a partir de pulsiones encontradas. Y, por otro lado, ese falansterio que Marcos Bergner intenta montar enJuntacadáveres: “una comunidad cristiana y primitiva basada en el altruismo, la tolerancia, el entendimiento mutuo”. Pero cuando esa utopía se derrumba, la historia pareciera caer en el reino del orden natural de las cosas. En el mundo de las cosas dadas. La crónica de Flogstad sobre las ruinas de esa ciudad ideal, perfecta, soviética nos hace pensar todo el tiempo en la tensión entre lo posible y lo imposible; nos hace pensar, todo el tiempo, en ese campo de batalla que se abre en torno a las posibilidades de lo real.
Pyramiden: Retrato de una utopía abandonada, Kjartan Flogstad. Interfolio. España. Traducción, Mario Puertas.

20.4.15

Notas de campo: Primera entrega

Walter Scott emprende un viaje alrededor de Escocia en 1814 a bordo delPharos y lo registra todo en un diario de viaje. Será, como dice Pablo Soler Frost en el prólogo del libro que lleva el mismo nombre que el barco, uno de los últimos viajes al estilo antiguo antes de que surja la figura del turismo. El siglo XIX cambiará para siempre el sentido clásico del viaje. A partir de ahora la naturaleza, la presencia de la tecnología y la idea de aventura mutarán de un modo radical. El turismo será la manera controlada y mercantil de acceder a lo exótico o de hacer del viaje algo más o menos carente de riesgo. Pero el viaje de Scott es previo a esos cambios, a esa grieta.
El Pharos zarpa del puerto de Leith en la tarde del 29 de julio de 1814. Lleva seis cañones y diez tripulantes. El encargado de la expedición es sir Stevenson, “un hombre muy cortés y modesto”. Stevenson será el abuelo de Robert Louis y es quien invita a Scott a participar de la expedición. La expedición tiene por objetivo fundar fuertes y emplazar faros en las irregulares costas de Escocia. Faros que alumbren en la noche. Que marquen el destino de las navegaciones. Scott será un testigo privilegiado. El viaje durará casi dos meses y los mareos, en los primeros días, serán una constante. Se trata, tal cuál lo define Scott, de “un viaje errático tan distinto del tedio de un viaje normal”. La escritura del diario se va tejiendo, se podría decir, con dos agujas. La descripción, detallada y minuciosa, del espacio, del entorno, de los puertos y los poblados que van viendo a medida que avanza la navegación. Y, por otro lado, el registro que aparece cuando la tripulación o el mismo Scott entran en contacto con los habitantes de la zona. Es ahí, en ese momento de hospedaje y de intimidad, donde surge la camaradería, la narración oral, la leyenda.
En Shethand, por ejemplo, se cuentan, entre los pescadores, algunas historias o supersticiones que vienen del mar. “La peor de todas”, dice Scott, es esa que dice “que aquel que salve a un hombre de ahogarse recibirá de sus manos una injuria o una felonía”. Salvar a alguien o a una embarcación que sucumba en el mar es enfrentar el riesgo del saqueo, de la invasión de piratas. El otro se vuelve una amenaza. Por eso mismo frente a un naufragio, los isleños de la zona –que también padecen el mar– contemplan en silencio cómo los tripulantes, desesperados, se hunden irremediablemente. Y no hacen nada. Porque hacer algo es abrirle las puertas al peligro.
El diario de Scott también enhebra el movimiento que supone todo viaje con el arraigo y la fijeza de la escritura. Podríamos decir que escribir es la combinación justa, el equilibrio exacto entre esas dos variables. La tripulación del Pharos tardó cerca de veinte días, después de haber zarpado, en encontrar ese equilibrio. “No hay mareos, comenzamos a hacernos marineros”, escribe Scott. Dejar de sentir el mar como malestar, incorporarlo como movimiento cotidiano los estabiliza, los hace hombres de mar. El pulso de la escritura se acompasa, se sincroniza con los embates del agua. Se trata, entonces, de sentir en el cuerpo el mar y de escribir con la cadencia de su respiración.


22.5.14

Finalista

Lumbre es una de las novelas finalistas del IV Premio Las Américas de Novela 2014, que se entrega en el Festival La Palabra de San Juan de Puerto Rico.

http://sdl.librosampleados.mx/2014/05/finalistas-ivpremio-lasamericas-novela/




24.4.14

La descomposición según Sarlo.

Afinidades electivas,
Por Beatriz Sarlo,
en Ficciones argentinas, Mar Dulce Editora.

El narrador fue testigo casi involuntario de la muerte violenta de su mujer a quien encontró, bajo la ducha, con su hijo. Ocultó esa muerte, dijo que ella lo había abandonado y enterró el cadáver en la quinta donde vivían. Este episodio, que rearticula todo, no tiene una anticipación en las 128 páginas anteriores. La mujer, violada o amante (incestuosa), ha muerto cuando empieza La descomposición pero no se dice nada hasta esas páginas finales, excepto un indicio, al comienzo: “Ya es tiempo de levantar este luto”. Sería fácil señalar que Hernán Ronsino eligió un narrador que calla la escena crucial porque busca tensar el suspenso; o que ese narrador, dispuesto a levantar el luto, no recuerda la muerte hasta el final de la novela. Sin una anticipación fuerte, la idea de suspenso queda descartada, porque el lector no espera lo que nada le indica que va a suceder, ni desea saber más sobre un hecho que ignora. Por otra parte, esta no es una novela de suspenso que necesite de un golpe de efecto para poder terminar. Relato difícil, no por su escritura, sino por la disposición de sus fragmentos y por el modo en que se articula o se difiere lo que, finalmente, se narra.
Soy consciente de que estas observaciones no son las habituales en la crítica literaria contemporánea, que no juzga de buen tono hablar así de la construcción de un relato. Sin embargo, para poder contestar por qué la novela de Ronsino no funciona del todo, pese a que sus episodios están armados o desarmados con precisión, hay que señalar esa sustracción del cadáver que la novela desplaza hasta el final. El narrador parece recorrer libremente sus recuerdos, pero oculta un acontecimiento crucial que todavía ni ha llegado a coagularse en el tiempo. Y lo revela, como en el más clásico cuento, con un giro precipitado en el desenlace. No ha recurrido a esa estrategia reticente para contar que, en una cacería, el narrador, entonces un chico de ocho años, mató accidentalmente a uno de los cazadores.
Ronsino quiso que volviéramos a leer la novela: lo que se revela en el desenlace obliga a empezar de nuevo para comprobar si en algún momento salteamos esa anticipación que hubiera vuelto al desenlace menos sorpresivo. Es cierto que, en el comienzo, hay una llamada de teléfono, pero resulta tan enigmática para el lector como para el amigo del narrador que la recibe, y ambos la olvidan. No sabemos qué hacer con esa llamada. Sólo en el final, como si se tratara de una novela policial (que no es), la llamada de teléfono se ordena en una línea de sentido.
La relectura, obligada por la decisión de ocultar algo importante, le da a la novela una segunda oportunidad. Salvo en el caso radical de las vanguardias históricas, el fragmentarismo o la recurrencia son formas de dislocar el curso lineal de la narración y no permitir su ajuste a un tiempo que vaya en línea recta del pasado más lejano hasta el más próximo o hasta el mismo presente. Estos cortes y reordenamientos del tiempo son una necesidad o una forma de la anécdota que se sustrae y se muestra, se corta y se prolonga más lejos, una especie de parpadeo como si los “hechos” se iluminaran de modo intermitente o afloraran para esconderse. Entre fragmento y fragmento no hay vacío, sino elipsis.
En La descomposición un cierto fragmentarismo es necesario porque hay dos líneas narrativas que tienen peso diferente. Una se desarrolla en el presente durante la noche donde dos amigos comen un asado, y uno de ellos sigue despierto deambulando, cuando el otro ya se ha ido; la otra, que transcurre en el pasado, cincuenta años antes, treinta años antes, veinte años antes, concierne al narrador y a una pequeña sociedad de amigos en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Es indispensable que ambas líneas de tiempo se intersecten porque la noche del asado (que transcurre en el presente) necesita la densidad pretérita de esa amistad entre hombres que se conocen porque se han cruzado en aquel otro tiempo.
La pregunta no es, entonces, sobre esa trama de dos tiempos, sino sobre una elección de Ronsino: dar, en cada fragmento, hechos lo más sesgados que sea posible, incompletos; hacer que la actividad de encadenar y de presuponer sea una obligación de la lectura. Narrar bien, incluso muy bien, pero con dilaciones y desvíos, evitando que el impulso de la materia narrada (su interés) se lleve por delante la voluntad de fragmentar. En este sentido,La descomposición responde a su título: destruye deliberadamente la continuidad hasta descomponer la materia misma de la que está hecha.
Parecerá curioso, pero esta fragmentación del relato no traspasa a la frase, que es tersa y nítida. El narrador es un periodista, un hombre culto, que discurre como alguien que ha leído a Saer (cita franca aunque sin mención del título de El limonero real). Me sorprendió el aire saeriano de la novela, en un momento en que creí que nadie de 32 años, como Ronsino, podía escribir de modo tan explícito, pero a la vez tan interesante y arriesgado, a partir de Saer. Es más, esta novela es a Saer como los cuentos borgeanos de En la zona son a Borges: un punto de partida que luego se diluye pero que, una vez encontrada la propia voz, la propia manera, permanece como una fundación geológica secreta. En esa base, un fractal es Piglia, en dos momentos que tienen mucho de esas síntesis demasiado coincidentes de la historia personal con la pública: un grupo de nazis al que perteneció el padre del narrador; y el paso fugaz pero reiterado de un Polaco que pregunta si ha llegado a Tandil y, de regreso a Europa, escribe un diario.
En La descomposición esa base geológica todavía emerge como lados de un prisma que se ha roto, pero cuyas superficies astilladas siguen visibles: la sociedad de amigos de un pueblo de provincia, el carácter intelectual de las conversaciones (entre cuyos temas, un debate sobre realidad, historia y ficción), los malentendidos y las peleas, el trabajo en el diario del pueblo, los paseos insensatos (literalmente insensatos porque se trata de acompañar a uno de ellos que enloqueció), los artículos que se escriben y lo que se discute en el bar del pueblo o en medio del campo, la lejanía de las mujeres y la centralidad del paisaje, que Ronsino trabaja de modo impactante. La novela, tanto como la descomposición de los personajes, muestra la de un espacio que antes (en el recuerdo) era orgánico, con sus edificios, sus estaciones de tren, sus confiterías, sus lagunas, sus montes. Ese paisaje se ha degradado en ruina o en basura.
Ronsino tiene la sensibilidad para escribir las materias en putrefacción, incluso la carne podrida de los hombres y los animales, las dificultades del movimiento, los bamboleos y las vacilaciones, las reticencias de los cuerpos. También tiene la sensibilidad de las horas: atardeceres, luces que caen, brillos, densidades oscuras, tormentas nocturnas. Le gusta escribir esto y el saerismo no es la maldición de alguien que no ha seguido las modas que le corresponderían por edad (excepto que se piense que la edad es una cárcel de corta duración), sino una afinidad electiva. Saer joven estudió una forma de ver en Juan L. Ortiz, y Ronsino, en Saer.

Una poética de la educación

  por Hernán Ronsino. Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pe...