25.6.10

Dernier train


Una reseña de Glaxo (Dernier train pour Buenos Aires, como se titula la traducción francesa) en Livres Hebdo.

Inconnu en France, Hernán Ronsino est sociologue et enseignant à l’université de Buenos Aires. Il est considéré comme l’un des phares de la “literatura actual” argentine. Ce que l’on comprend aisément à la lecture de Dernier train pour Buenos Aires, qui marque la naissance d’un nouveau genre, le “western-pampa”. L’historie court de 1959 à 1984, au gré des convulsions de la vie politique argentine, jusqu’an retour de la démocratie, en 1983. Et, même s’il n’en est pas explicitement question dans le roman, ce contexte y este présent, comme une menace: les jeunes gens essaient d’échapper au service militaire, et Folcada, le flic cocu, se reproche d’avoir participé, en juin 1956, au massacre de civils à José León Suárez, près de Buenos Aires.
Le pays réconcilié, la vie semble s’écouler paisiblement dans le petite ville anonyme dépeinte par Ronsino. Le seul événement marquant, c’est le passage d’un train, sur les voies construites par les ouvriers de la Glaxo, une companie pétrolière. Vicente Vardemann s’occupe de ses clients dans le salon de coiffure paternel, se demandant s’il ira ou non saluer sur son lit de mort Miguelito Barrios, qui fut son ami depuis l’enfance jusqu’à ce qu’une sombre affaire les fâche. Et bien sûr, il ságit d’une femme, Negra Miranda, qui affolait tous les hommes alentour, et que son mari, Folcada, finit par soupçonner de quelques infidélités…
C’est grâce à des chapites en flash-back, chacun donnant la parole à l’un des protagonistes de l’intrigue, qu’Hernán Ronsino nous contera cette affaire, cocktail de jalousie, trahison, vengeance et règlement de comptes. Tous le ingrédients traditionnels du western. D’ailleurs, dans leur jeunesse, Vicente et Miguelito étaient des fans Dernier train pour Gun Hill, l’un se prenant pour Kirk Douglas et l’autre imitant Johan Wayne, dans un duel imaginaire. Ils ignoraient alors que la vie allait les piéger à cause du machiavélique Folcada, pret à tout pour se venger de son infortune conjugale.
Ce bref roman est aussi brillant qu’énigmatique, truffé de références littéraires et cinématographiques, jamais exotique et, surtout, profondément original. On aimerait bien lire en français les autres livres d’Hernán Ronsino, notamment son premier romar, La descomposición.


19.4.10

La memoria en los espacios vacíos

Por Hernán Ronsino
Llueve. Hay una idea en Modernidad y holocausto que, al leerla, me sacudió: la modernidad contiene en sus entrañas la posibilidad del holocausto. El holocausto es posible, dice Bauman, en la modernidad. Racionalidad, eficiencia y un profundo desarrollo de la burocracia son los pilares que, también, necesita el genocidio moderno para poder existir. La responsabilidad técnica se impone, así, anulando cualquier freno moral que pudiera impedir semejante atrocidad. Eso dice Bauman. Llueve. Caminamos por los estrechos senderos de la ex ESMA. Alrededor, los cuarteles viejos. Y el rumor de la ciudad que muerde los bordes del predio. Nos amuchamos bajo los paraguas. Vamos hacia el Casino de Oficiales. Poner el cuerpo ahí, pienso, pisar esos suelos marcados por la historia, andar por los espacios vacíos, todo eso nos interpela para imaginar, para construir una representación. Llueve. Hay, entonces, una inevitable composición de lugar. Los sonidos del afuera llegan dosificados –el reflejo incesante de los autos por Libertador resbala en un fragmento de vidrio; el sonido, cada tanto, de los trenes; y esos aviones anticipando el destino final–. En esa composición de lugar, la proximidad de la vida cotidiana instala la pregunta por el vínculo de complicidad entre el afuera y el adentro. Llueve. Vemos, después de recorrer un edificio alterado (escaleras anuladas, ascensores arrancados), eso que describe Bauman: el despliegue físico de una trama burocrática eficiente puesta al servicio de la muerte. El silencio, inevitable, se impone. Salimos del Casino de Oficiales. Después camino junto a Félix Bruzzone un par de cuadras hasta la parada del 15. Viajo pensando, otra vez, ahora entremezclado en esa rutina cotidiana, en el vínculo de complicidad entre el afuera y el adentro. A la tarde compro Los topos. Nunca deja de llover. La primera frase me sacude: “Mi abuela Lela siempre dijo que mamá, durante el cautiverio en la ESMA, había tenido otro hijo”. Y así empiezo a romper, a salir con esas palabras, de a poco, del silencio.

Publicado en Página/12
La memoria en los espacios vacíos

25.1.10

Briante


Por Hernán Ronsino
Durante un tiempo era casi imposible conseguir los libros de Miguel Briante. Y encontrarlos, entonces, dependía del azar. Los descubrí en distintos puestos de usados. El primero fue Hombre en la orilla, la edición de 1968 de Estuario. De este libro, su segundo libro de relatos, pero el primero que leí, me deslumbró el territorio, el espacio literario, un espacio contundente que, todo el tiempo, está amenazado por el río, por ese Salado que desborda y se lleva las cosas, los animales, las personas. Pero ese espacio no es posible sin la voz de Briante: seca, dura, pendenciera. La dedicatoria que se lee en Hombre en la orilla dice así: “A mi padre, a quien, como aquel personaje de Thomas Wolfe, le ‘parecía que sólo él debía morir’ (...), a los gusanos de la tumba de mi padre, que un día avanzarán sobre el pueblo que transcurre en estas páginas, para borrarlo definitivamente”. Esa dedicatoria retoma, de algún modo, la temática del relato “Capítulo primero”, que inaugura Las hamacas voladoras, el primer libro de Briante publicado en 1964, el que funda su imaginario. La tensa relación entre un padre y su hijo, con el pueblo de fondo. Un padre visto por los ojos de ese chico que no puede comprender todo lo que pasa, pero siente el dolor, el rechazo en el bar, los ojos que no parecen los ojos de su padre.
Los personajes de Briante son seres desamparados, curtidos por la intemperie. Y hay tres núcleos fuertes que, se podría decir, atraviesan las historias: el ámbito marginal del pueblo, la figura del narrador –generalmente, oral– y la muerte. Una de las tantas voces que componen Kincón, la novela, dice: “Saber cosas, transmitirlas, era un modo de persistir. Sé que muchas cosas morirán cuando me muera, algo va a faltarle a este pueblo cuando me vaya”. Eso dice la voz. Eso escribe Briante que, antes de morir, elige, como Rulfo, el silencio. ¿Cuántas páginas, entonces, tiene que escribir una persona, antes de callar, para definir una obra? Las suficientes, podríamos decir, para modelar un mundo propio. Hace quince años moría Miguel Briante en su tierra, en su pueblo, que también fue su mundo narrativo. Quedan, como se dice en estos casos, las historias. Esas historias que, por ejemplo, se cuentan en el boliche de Arispe, ésas que hablan de inundaciones y forasteros, esas que levantan polvareda en la provincia por aquellas zonas del Salado, ahí donde el Salado se engorda y es capaz de arrasarlo con todo (“Jodido el Salado este. Capaz de quebrar cualquier historia, dice alguien que no se sabe”, en Al mar). Queda, en definitiva, ese mundo pendenciero, marginal, de Miguel Briante, que aún respira silencioso.

Homenaje en Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/17-16744-2010-01-25.html

28.12.09

Un balance

"Tres novelas comparten el podio de lo mejor del año. Lejos de dónde (Tusquets), de Edgardo Cozarinsky, en la que bucea en la existencia de un puñado de criaturas que cargan con la mochila de un destino incierto; náufragos que huyen de peligros reales, amenazas latentes o imaginarias, con identidades y pasaportes falsos, hacia alguna orilla lejana donde encontrar refugio y trabajo. Esos seres apaleados por la historia con mayúscula se proponen reconstruir sus vidas, llegar a un puerto seguro donde intentarán, infructuosamente, liberarse del pasado. En Glaxo (Eterna Cadencia), segunda novela de Hernán Ronsino, el escritor se desplaza hacia la periferia de Chivilcoy para enfocar mejor las luces y sombras de un mundo que se desmorona sin remedio, y del que no quedarán ni siquiera los escombros de las vías del ferrocarril, levantadas en octubre de 1973. Marcelo Cohen siempre sorprende al lector. Lo hace, nuevamente, con La casa de Ottro (Alfaguara), que transcurre en la isla Ushoda, un lugar donde los políticos son una especie menguante y los pocos que alguna vez han tenido un poder mínimamente aceptable estuvieron al borde de caer aplastados por los consorcios económicos. Una narradora extremadamente nerviosa, Fronda Pátegher, asesora de campaña y de gobierno de Collados Ottro, debe lidiar con un incómodo legado: la casa de este señor que fue su suegro".
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-16474-2009-12-24.html

29.11.09

Sobre los perros


"El lenguaje que predomina es austero, preciso, parejo, en ocasiones potente y en otras algo impersonal. La generalización debería, sin embargo, dejar al margen dos cuentos que sobresalen en el conjunto. Se trata de “La Presa” de Oliverio Coelho, y de “Y a los perros también”, de Hernán Ronsino. En este último, a la fresca sombra de un epígrafe de Apollinaire: Qué otra cosa es el polvo de los caminos sino la ceniza de los muertos...., Ronsino relata, en boca de una chica campesina, la visita al velorio de un tío. El tío es velado a unos kilómetros de la casa de los deudos, en un pueblo del interior, y el cuento transcurre en el tiempo de ir y volver hasta el velatorio. La lectura deja la impresión de haber asistido a una larga e intensa escena (aunque en realidad está jalonado por escenas más cortas) acaso porque todos los elementos incluidos se confabulan a favor de la unidad. El logrado tono del relato, salpicado de aciertos en el uso de expresiones propias del habla en un entorno de pueblo implica un oído entrenado y sensible. También llama la atención la gracia y sensibilidad para la descripción y la inclusión de detalles. Por ejemplo, la escena de la protagonista en la intimidad del baño, sacándose los zapatos para aliviar los pies doloridos, o la imagen de la camioneta, cuando el grupo viene de regreso, que da cuenta del pasaje del camino de asfalto al camino de tierra, donde el autor se detiene en la génesis y el progreso de los remolinos de polvo, que como el tiempo y la muerte – plano de fondo del relato – van envolviendo al vehículo y a sus ocupantes. Así, Ronsino, en el final remite al epígrafe, a la reiteración inevitable de los ciclos y refuerza el sentido del peregrinaje al trasfondo de una historia familiar, con sus rencores y ajuste de cuentas".

Una poética de la educación

  por Hernán Ronsino. Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pe...