25.7.07
22.7.07
18.7.07
El reloj
Hernán Ronsino.
El relojero dice: “ya está, arreglado”. El viejo se lleva el reloj a la oreja, y después de escuchar un rato dice: “no, no”. Le pasa el reloj, otra vez, al relojero que se pone el reloj en la oreja y confirma, entonces, que sí, que el reloj funciona. El relojero, un poco más alterado, le coloca el reloj al viejo en la oreja derecha. “No, no, murmura, el viejo, en ésa no”, y se coloca, él, el reloj en la oreja izquierda. Escucha, escuchamos todos a esta altura, esperamos la confirmación. El relojero se ha puesto tenso, controla cada movimiento del viejo, espera el “sí, perfecto”, pero la cara del viejo vuelve a poner difíciles las cosas. El viejo dice que no, que no escucha ningún ruidito, que antes se escuchaba bien claro el tic tac, pero ahora no. El relojero menos diplomático vuelve a probar, confirma, dice: señor (dice “señor”, el relojero, impaciente): "escuche, por favor, anda, el reloj anda”. Una vez más, el viejo comprueba, poniéndose el reloj en la oreja izquierda, como si fuera una radio, y basta tan sólo con ese movimiento insatisfecho de cabeza para que, bruscamente, el relojero me mire, diga: “joven, usted que escucha bien, vea”. Me estira el reloj. Es un despertador que tiene setenta años, enchapado en oro, y que se pliega. Me pongo el reloj en la oreja, y los miro a los dos: el relojero espera, molesto, el viejo me mira desconfiado. Escucho un suave tic tac, que crece, lento, que encierra un mundo secreto: el corazón de la siesta, pienso, el refugio de los silencios. Entonces digo: “Anda”. Y el viejo guarda el reloj en el bolsillo del sobretodo. Y sale.
El relojero dice: “ya está, arreglado”. El viejo se lleva el reloj a la oreja, y después de escuchar un rato dice: “no, no”. Le pasa el reloj, otra vez, al relojero que se pone el reloj en la oreja y confirma, entonces, que sí, que el reloj funciona. El relojero, un poco más alterado, le coloca el reloj al viejo en la oreja derecha. “No, no, murmura, el viejo, en ésa no”, y se coloca, él, el reloj en la oreja izquierda. Escucha, escuchamos todos a esta altura, esperamos la confirmación. El relojero se ha puesto tenso, controla cada movimiento del viejo, espera el “sí, perfecto”, pero la cara del viejo vuelve a poner difíciles las cosas. El viejo dice que no, que no escucha ningún ruidito, que antes se escuchaba bien claro el tic tac, pero ahora no. El relojero menos diplomático vuelve a probar, confirma, dice: señor (dice “señor”, el relojero, impaciente): "escuche, por favor, anda, el reloj anda”. Una vez más, el viejo comprueba, poniéndose el reloj en la oreja izquierda, como si fuera una radio, y basta tan sólo con ese movimiento insatisfecho de cabeza para que, bruscamente, el relojero me mire, diga: “joven, usted que escucha bien, vea”. Me estira el reloj. Es un despertador que tiene setenta años, enchapado en oro, y que se pliega. Me pongo el reloj en la oreja, y los miro a los dos: el relojero espera, molesto, el viejo me mira desconfiado. Escucho un suave tic tac, que crece, lento, que encierra un mundo secreto: el corazón de la siesta, pienso, el refugio de los silencios. Entonces digo: “Anda”. Y el viejo guarda el reloj en el bolsillo del sobretodo. Y sale.
12.7.07
En un bar
La nieve parece caspa, dice el nene que toma el cafe con leche, y moja una medialuna y está sentado encima de sus piernas dobladas, en esa mesa pegada al ventanal, en la que siempre me siento yo, y ahora, está ocupada por esa familia que mira de qué manera, afuera, cae nieve en Buenos Aires.
Por eso estoy aca, sentado en esta otra mesa, incomoda, junto a la puerta del baño que está cerrada.
El matrimonio mira al hijo, y no dice nada. El hijo, moja la medialuna y murmura, con la boca llena, que parece caspa, la nieve parece caspa.
El hombre del matrimonio, que mira a su hijo mojar la medialuna y murmurar, además, que afuera la ciudad se ha enloquecido, se para bruscamente y se mete en el baño.
Yo le veo las lágrimas, porque pasa cerca de mi mesa, que en realidad no es la mesa que elijo siempre, sino la unica opcion que me ha quedado.
La mujer del matrimonio se tapa la cara con las manos. El hijo del matrimonio sigue contemplando el temporal, ajeno, murmura sonidos. La madre, de vez en cuando, le hace saber que sigue allí, estimula ese encanto que el chico siente, mientras muerde esa interminable medialuna, y mira la calle, la caspa que cae en la ciudad helada.
El hombre del matrimonio sale del baño. Recompuesto, busca a la moza y paga.
El hijo del matrimonio empieza a dibujar en el ventanal empañado - a través del cual miro siempre la calle, los rostros, las historias por venir -, una casa, esas tipicas casas que dibujan los chicos, un rancho, podria decirse, con techo a dos aguas y una chimenea, que hecha humo, de alguna comida que se prepara, y una ventana, prolija, con cortinas atadas.
El hombre del matrimonio, despues de pagar, sale, serio y contenido, del bar.
Ver al hombre del matrimonio saliendo, serio y contenido del bar, nos conmueve: a la mujer del matrimonio, a la moza que aun sostiene el billete de cincuenta pesos que el hombre le ha dado, y, es claro, a mí.
El chico termina la casa, y ve, al terminar la casa, que su padre se pierde detrás del humo de esa chimenea, y desaparece cubierto por esa abundante y extraña caspa que cubre a la ciudad.
Lunes, 9 de Julio.
Por eso estoy aca, sentado en esta otra mesa, incomoda, junto a la puerta del baño que está cerrada.
El matrimonio mira al hijo, y no dice nada. El hijo, moja la medialuna y murmura, con la boca llena, que parece caspa, la nieve parece caspa.
El hombre del matrimonio, que mira a su hijo mojar la medialuna y murmurar, además, que afuera la ciudad se ha enloquecido, se para bruscamente y se mete en el baño.
Yo le veo las lágrimas, porque pasa cerca de mi mesa, que en realidad no es la mesa que elijo siempre, sino la unica opcion que me ha quedado.
La mujer del matrimonio se tapa la cara con las manos. El hijo del matrimonio sigue contemplando el temporal, ajeno, murmura sonidos. La madre, de vez en cuando, le hace saber que sigue allí, estimula ese encanto que el chico siente, mientras muerde esa interminable medialuna, y mira la calle, la caspa que cae en la ciudad helada.
El hombre del matrimonio sale del baño. Recompuesto, busca a la moza y paga.
El hijo del matrimonio empieza a dibujar en el ventanal empañado - a través del cual miro siempre la calle, los rostros, las historias por venir -, una casa, esas tipicas casas que dibujan los chicos, un rancho, podria decirse, con techo a dos aguas y una chimenea, que hecha humo, de alguna comida que se prepara, y una ventana, prolija, con cortinas atadas.
El hombre del matrimonio, despues de pagar, sale, serio y contenido, del bar.
Ver al hombre del matrimonio saliendo, serio y contenido del bar, nos conmueve: a la mujer del matrimonio, a la moza que aun sostiene el billete de cincuenta pesos que el hombre le ha dado, y, es claro, a mí.
El chico termina la casa, y ve, al terminar la casa, que su padre se pierde detrás del humo de esa chimenea, y desaparece cubierto por esa abundante y extraña caspa que cubre a la ciudad.
Lunes, 9 de Julio.
26.6.07
20.6.07
6.6.07
La elección
Macri insiste, una y otra vez, a lo largo de la campaña que gestionar una ciudad no tiene nada que ver con cuestiones ideológicas. La ideología, en este sentido, sería algo que entorpecería la eficiencia de la gestión. La ideología, entonces, estaría ligada con cuestiones confusas, engañosas, que retrasarían y nos devolverían a un pasado que habría que olvidar.
En Página/12 de hoy aparecen unas declaraciones del posible Ministro de Hacienda de Macri. Dice que sería razonable aumentar el ABL, reducir el gasto, y aumentar la eficiencia de la gestión y el endeudamiento a largo plazo para obras de infraestructura.
¿Qué tipo de ideología, me pregunto, hay detrás de estos conceptos que suponen ajuste, aumento de impuestos, reducción del rol del estado en la intervención pública?
En los próximos días, es muy probable que la ciudad de Buenos Aires elija a Macri como Jefe de Gobierno, argumentando una urgente necesidad de cambio.
En Página/12 de hoy aparecen unas declaraciones del posible Ministro de Hacienda de Macri. Dice que sería razonable aumentar el ABL, reducir el gasto, y aumentar la eficiencia de la gestión y el endeudamiento a largo plazo para obras de infraestructura.
¿Qué tipo de ideología, me pregunto, hay detrás de estos conceptos que suponen ajuste, aumento de impuestos, reducción del rol del estado en la intervención pública?
En los próximos días, es muy probable que la ciudad de Buenos Aires elija a Macri como Jefe de Gobierno, argumentando una urgente necesidad de cambio.
23.5.07
Lobo hambriento
La boca de Abrasiam se parece a la de un lobo hambriento.Nunca vi a un lobo hambriento, pero puedo pensar, ahora, en la boca de Abrasiam como si fuera la boca de un lobo.Me mira fijo, a los ojos.Está, como quien dice, más caliente que una pava.Es bajo, Abrasiam. Morrudo. Y tiene un manojo de venas derramadas en los ojos. Abrasiam tampoco vio lobos hambrientos: porque nació en la otra cuadra, y, toda su vida, la vivió encerrado en este pedazo de tierra, vendiendo ropa usada. Por decir una zona: del monte Pomaré hasta la escuela 2; y de la plaza principal hasta El recreo. Eso quiere decir que Abrasiam nunca vio la boca de un lobo hambriento.Entonces me doy cuenta que puedo imaginar la boca de un lobo sin haber visto nunca en la vida a un lobo.Esa idea me produce una extraña tranquilidad. Mientras Abrasiam sigue mirándome a los ojos, prepotente, más caliente que una pava, esperando, además, mi respuesta, para desatar, de una vez por todas, su esperada – algunos dicen: justa - venganza.
19.5.07
Sobre Céline
Número 16 14/5/2007. 666 palabras .El máximo dolor posible .La felicidad sería... .Sobre Céline .No (décimo sexta entrega) Leer Newsletter
13.4.07
En viaje
Un viaje inesperado. Pienso, por ejemplo, que ayer a esta hora viajaba amontonado en el Subte. Y ahora estoy acá, en un rincón de una estación de servicio, a cinco kilómetros de San Pedro. Es la primera vez en mi vida que estoy, pongamos, a cinco kilómetros de San Pedro. Y en esta estación de servicio, semiabandonada, que me hace acordar a algun cuento de Soriano. Es así. Pero hay internet. Mientras le cambian la rueda al micro, allá, abajo de unos árboles, y mientras el sol se va desgastando, y el aire del río nos vuelve indefensos y frágiles; mientras sucede lo impensado (que ese micro pinche una rueda), entonces, yo escribo, a cinco kilómetros de San Pedro, esta frase: caminar, sereno, entre la frondosa humanidad, sin dejar de ser, sin quedar atrapado en la gigante sombra.
6.4.07
El más infeliz de los recién llegados
En cuanto he llegado a Nathal, me pregunto qué se me ha perdido en Nathal, en cuanto he llegado a Viena, me pregunto qué se me ha perdido en Viena. Como el noventa por ciento de los hombres, en el fondo quiero estar siempre donde no estoy, allá de donde acabo de huir. Esa fatalidad ha empeorado en los últimos años en lugar de mejorar, y con intervalos cada vez más cortos voy a Viena y vuelvo otra vez a Nathal y desde Nathal a alguna gran ciudad, a Venecia o a Roma, y otra vez de vuelta, a Praga y otra vez de vuelta. Y la verdad es que sólo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz, sólo en el auto y en el viaje soy feliz, soy el más infeliz de los recién llegados que puede imaginarse, llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Soy de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que va.
Thomas Bernhard
El sobrino de Wittgenstein
Thomas Bernhard
El sobrino de Wittgenstein
5.4.07
31.3.07
23.3.07
1984
Obviamente, el horror en 1984 es una figura que sólo alcanza su sentido fuera del libro, en la realidad histórica que lo contiene parcial y no totalmente. Un sentido figurado: el mundo podría llegar a ser como el de 1984, puesto que ya lo es en algunas de sus facetas. Por eso Orwell puede saltar del realismo a la alegoría, a la figura total; no cree, ni tampoco busca que el lector crea que el mundo va a llegar a ser el de 1984, pero al proyectar ficticiamente el horror a sus últimas consecuencias, nos sitúa frente a nuestra responsabilidad, y esa responsabilidad supone la esperanza; es ésta quien hace entrar en acción a la responsabilidad que lleva a la lucha para impedir que 1984 pueda cumplirse en cualquier otro año del siglo.
Julio Cortázar.
Febrero de 1984.
Julio Cortázar.
Febrero de 1984.
22.3.07
Walsh
El domingo se cumplen 30 años del asesinato de Rodolfo Walsh. Con la muerte de Walsh, según Viñas, muere la figura del intelectual heterodoxo en la Argentina.
Mucho más que un escritor
Suplemento Cultura La voz del interior.
Mucho más que un escritor
Suplemento Cultura La voz del interior.
6.3.07
Gran hermano
Todo el mundo habla de Gran hermano. Se habla en la radio, en los diarios, se habla en los noticieros de la tele. Todo el mundo habla de Gran hermano.
El programa fue emitido por primera vez en Argentina en el 2001. Se sucedieron dos ediciones, hasta el año 2002. En enero de 2007, se vuelve a emitir el formato, que también en todo el mundo es un éxito.
Pero me quiero detener en este detalle de los años de emisión.
Hoy, las clases medias se han recuperado, en comparación con la crisis del 2001: han recuperado su capacidad de compra; también lo han hecho las clases populares. El índice de desempleo bajó, en los últimos años, considerablemente. Pero la brecha de la desigualdad continúa férrea, incluso creciendo, concentrando la riqueza en pocas manos.
Entonces si hay una recuperación material, de los ingresos, de la capacidad de consumo de las clases populares y medias, la amenaza de perder esa recuperación va tomando la forma, inevitable, del pánico. Una de las mejores estrategias que se puede tejer para defender esa recuperación material ( después de la pérdida profunda del 2001), es la de controlar al otro, por ejemplo, a través de la mirada.
El éxito de este programa, más allá de la perversión y el voyerismo, puede pensarse como una eficaz forma de control que toma el pánico, ante la amenaza de perder lo que se ha conseguido (aunque eso que se haya conseguido sea una mísera migaja). La tranquilidad económica permite aguzar la mirada, defensiva, hacia el otro. Por eso, quizá, se entienda que no sea casual que el programa Gran hermano no fuera emitido entre el 2002 y el 2006, los años de plena crisis y lenta recuperación de la Argentina. Después del Estallido del 2001, el otro éramos todos: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. La culpa era solo del poder político, y se gritaba: “que se vayan todos”. El programa Gran hermano, entonces, después de la recuperación material de los sectores populares y medios, vendría a condensar, entre otras cosas, otro mecanismo, disperso en la sociedad real, que sirve como defensa de la propiedad privada.
El programa fue emitido por primera vez en Argentina en el 2001. Se sucedieron dos ediciones, hasta el año 2002. En enero de 2007, se vuelve a emitir el formato, que también en todo el mundo es un éxito.
Pero me quiero detener en este detalle de los años de emisión.
Hoy, las clases medias se han recuperado, en comparación con la crisis del 2001: han recuperado su capacidad de compra; también lo han hecho las clases populares. El índice de desempleo bajó, en los últimos años, considerablemente. Pero la brecha de la desigualdad continúa férrea, incluso creciendo, concentrando la riqueza en pocas manos.
Entonces si hay una recuperación material, de los ingresos, de la capacidad de consumo de las clases populares y medias, la amenaza de perder esa recuperación va tomando la forma, inevitable, del pánico. Una de las mejores estrategias que se puede tejer para defender esa recuperación material ( después de la pérdida profunda del 2001), es la de controlar al otro, por ejemplo, a través de la mirada.
El éxito de este programa, más allá de la perversión y el voyerismo, puede pensarse como una eficaz forma de control que toma el pánico, ante la amenaza de perder lo que se ha conseguido (aunque eso que se haya conseguido sea una mísera migaja). La tranquilidad económica permite aguzar la mirada, defensiva, hacia el otro. Por eso, quizá, se entienda que no sea casual que el programa Gran hermano no fuera emitido entre el 2002 y el 2006, los años de plena crisis y lenta recuperación de la Argentina. Después del Estallido del 2001, el otro éramos todos: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. La culpa era solo del poder político, y se gritaba: “que se vayan todos”. El programa Gran hermano, entonces, después de la recuperación material de los sectores populares y medios, vendría a condensar, entre otras cosas, otro mecanismo, disperso en la sociedad real, que sirve como defensa de la propiedad privada.
18.2.07
El que dijo basta
El que seguro no leyó a Lipovesky. El que no se sabía si había sido boleta, porque andaba metido en algo. El que llegó tarde y se mantuvo, en un rincón, calladito, escuchando las boludeces que sus ex compañeros decían, a lo largo de la noche, y de forma sistemática para divertirse, (Con la democracia se come se cura y se educa; Patria sí, colonia no): ése, en un momento, golpeó la mesa, provocó un silencio espeso, y dijo que hay cosas con las que no se puede joder. Dijo, el tipo que no había leído a Lipovesky y que zafó de ser boleta porque casi seguro estaba metido en algo: basta, basta de boludeces. Dijo basta, el tipo. Dijo, entonces, algo contundente.
Se trata del segundo monólogo de los 4 Jinetes Apocalípticos, de José Pablo Feinmann, representados de forma impecable por Mauricio Dayub, y reestrenados esta semana en el Multiteatro.
El entretenimiento irónico crece, se desparrama, amorfo, desde hace unos años en la sociedad global: lo va ganando Todo. Dice, ese discurso, por ejemplo, que las ideologías han muerto. Da la sensación que se hace cada vez más difícil ponerle un freno. Decir con contundencia algo. Por ejemplo: decir basta. Y que ese grito tenga consecuencias concretas. E impedir que esa contundencia sea devorada, luego, inevitable, por la masa amorfa, viscosa de la ironía entretenida, que le va quitando, desactivando cualquier consecuencia, cualquier efecto, por ejemplo, político que entrañe el grito contundente.
Por eso, en la obra, al que dijo basta lo dejan solo, será el "gil" al que le harán pagar la cuenta.
Se trata del segundo monólogo de los 4 Jinetes Apocalípticos, de José Pablo Feinmann, representados de forma impecable por Mauricio Dayub, y reestrenados esta semana en el Multiteatro.
El entretenimiento irónico crece, se desparrama, amorfo, desde hace unos años en la sociedad global: lo va ganando Todo. Dice, ese discurso, por ejemplo, que las ideologías han muerto. Da la sensación que se hace cada vez más difícil ponerle un freno. Decir con contundencia algo. Por ejemplo: decir basta. Y que ese grito tenga consecuencias concretas. E impedir que esa contundencia sea devorada, luego, inevitable, por la masa amorfa, viscosa de la ironía entretenida, que le va quitando, desactivando cualquier consecuencia, cualquier efecto, por ejemplo, político que entrañe el grito contundente.
Por eso, en la obra, al que dijo basta lo dejan solo, será el "gil" al que le harán pagar la cuenta.
1.2.07
Y el tiempo no para
Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irremplazable, y sin embargo, no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso – en Berlín, en Londres – en brazos de una mujer conocida la antevíspera – minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar – terminará, lo sé. En seguida partiré a otro país. Nunca recuperaré esta mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase.
J. P. Sartre.
J. P. Sartre.
21.12.06
Del Estallido a la Felicidad
En las puertas del mismo local, pero con cinco años de diferencia, el relieve de dos postales.
Antes, en la calurosa noche del 20 de diciembre, el local de articulos del hogar estaba amurallado, y en la esquina ardían cubiertas y se escuchaban los estruendos de las cacerolas.
Anoche, en las puertas de ese mismo local, luminoso, ahora, adornado para la navidad, dos camiones descargaban electrodomésticos que, sin dudas, satisfacen, llenan, realizan, a los gritos estruendosos de la cada vez más lejana noche calurosa.
Antes, en la calurosa noche del 20 de diciembre, el local de articulos del hogar estaba amurallado, y en la esquina ardían cubiertas y se escuchaban los estruendos de las cacerolas.
Anoche, en las puertas de ese mismo local, luminoso, ahora, adornado para la navidad, dos camiones descargaban electrodomésticos que, sin dudas, satisfacen, llenan, realizan, a los gritos estruendosos de la cada vez más lejana noche calurosa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Una poética de la educación
por Hernán Ronsino. Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pe...
-
por Hernán Ronsino. Byung Chul Han, el filósofo coreano, dice que toda narración crea comunidad. Que narrar teje una trama comunitaria. Pe...
-
In a derelict town in the Argentine pampa, a decades-old betrayal simmers among a group of friends. One, a barber, returns from serv...
